Equivocar el camino o perder el destino

En su ensayo sobre Gabriel Mirabeau, José Ortega y Gasset señala que el atributo definitorio de la política es la idea clara de lo que se debe hacer por una nación, desde el Estado. Lo que se haga por y para el propio aparato estatal no será política sino, en todo ...

En su ensayo sobre Gabriel Mirabeau, José Ortega y Gasset señala que el atributo definitorio de la política es la idea clara de lo que se debe hacer por una nación, desde el Estado. Lo que se haga por y para el propio aparato estatal no será política sino, en todo caso, administración. Sólo lo que se realiza en función de la nación puede constituir una verdadera política.

Pensemos un ejemplo. Una reducción del déficit presupuestal es una medida administrativa. Quizá muy importante, pero no una política. Por el contrario, desarrollar económicamente una región o la nación entera constituye una verdadera acción política.

Por eso, los que piensan que los impuestos son tan sólo un tema de la economía y no un asunto de la política, están perdidos. Los que creen que la educación es un ramo del presupuesto y no un presupuesto de evolución nacional, están extraviados. Los que suponen que la política es una profesión y no un estilo de mando, están descarriados. Y los que consideran que los desastres son culpa de la naturaleza y no una culpa de los hombres, están muy equivocados. Todos ellos no saben lo mínimo de economía, de historia, de sicología, de sociología, de antropología, de filosofía ni de política.

Todos estos individuos son muy inútiles para sus pueblos y los pueden llevar a la pérdida de su destino y no tan sólo a la equivocación de su camino. Son los que creen que la seguridad pública es un sistema de policía y no un sistema de cultura. O que la energía es un complejo industrial y no un complejo patrimonial. O que la convivencia es un módulo habitacional y no un modo de vida. O, en fin, que la pobreza se debe al mal reparto del dinero y no al mal reparto del poder.

Lo peor que puede acontecer a un individuo o a una sociedad es perder el destino. Ello es mucho más grave que extraviar tan sólo el camino. Si tengo que ir al hospital en la ciudad donde vivo, conozco dónde está. Si tomo una avenida equivocada tan sólo rectificaré el rumbo, daré más vueltas y me tardaré un poco más, pero llegaré a donde quiero ir. Eso es una simple equivocación de camino.

Pero si me sucede en Milán o en Wichita sólo me dirigiré hacia donde el instinto me diga que está un sanatorio, pero sin la menor certeza de si me  acerco o me alejo de él. No sabré para dónde encaminarme ni si llegaré a donde quiero llegar. Esto es una grave pérdida de destino.

Así pasa con las naciones. Charles De Gaulle señalaba que mientras Georges Pompidou se ocupaba del gobierno, él se ocupaba del destino de Francia. Por su parte, se  cuenta que Mao Tse Tung, en ocasiones, se ocupaba hasta de los mínimos detalles del gobierno y, en otras, se retraía en filósofo para dimensionar el destino chino.

El México actual se ha tornado complejo. Su problemática es intrincada y peculiar. Vive en medio de una problemática que se manifiesta en diversos aspectos de la vida nacional: deterioro económico, rezago educacional y tecnológico, advertencias de cisma político, alta concentración regional y sectorial de los beneficios del desarrollo, inseguridad pública y jurídica, escándalo y ligereza son algunos de los signos que señalan el enorme esfuerzo de gobierno que tendrán que desplegar las nuevas generaciones de mexicanos. 

En este esfuerzo no basta contar tan sólo con el buen sentido de lo práctico y lo factible que se atribuye a la llamada clase política tradicional ni tampoco, de manera exclusiva, con la alta y moderna preparación académica de los gobernantes tecnificados. Se requiere una sólida aleación de calidades que pongan al Estado en aptitud de enfrentar con suficiencia los retos de la crisis.

La comprensión del destino nacional es la tarea más elevada del hombre de Estado. El estadista es esa formidable mezcla de ejecutivo, político y filósofo. Conocedor, visionario y, acaso, un poco vidente. El hombre que puede ver lo que los demás no vemos y hasta donde no podemos ver. Pero que, además de ver, pueda llevarnos hasta donde no podríamos llegar solos. Es decir, caudillo.

En la mañana del 15 de julio de 1789, el conde de Liancourt informó a Luis XVI de los sucesos del día anterior en La Bastilla. El rey comentó que se trataba de una revuelta. Liancourt le contestó: “No, Sire. Es una revolución”. Pudo ver que su mundo conocido se había salido de su eje. Cuando Moctezuma II fue informado que se habían visto barcos en las playas del Golfo, calló y se sumió en tristeza. Sabía que su universo había terminado. En palabras de Madariaga, que había regresado Quetzalcóatl, pero ahora se llamaba Hernán Cortés.

Cuando la República Romana creció hasta donde podría disgregarse y diluirse, los conservadores y los políticos comunes recomendaron dejar de crecer. César, por el contrario, vio que si Roma no crecía, perecería. Que el destino de Roma era crecer con un gobierno fuerte: el imperio. César vio el destino romano, pero los demás no lo vieron. Por eso, todos estuvieron en su contra. Por eso, todos se equivocaron.

                *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

Temas: