Emigrados mexicanos y autodefensas... cuidado

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José Carreño Figueras 26/01/2014 01:09
Emigrados mexicanos y autodefensas... cuidado

Era sólo cuestión de tiempo, pero ya sucedió: algunas comunidades mexicanas en Estados Unidos han comenzado a tomar acción ante los problemas que afectan a sus lugares de origen.

Los primeros fueron los michoacanos, por lo menos al parecer, pero de no haber acciones rápidas y efectivas difícilmente serán los últimos.

Gracias a Julio Alejandro y Excélsior, nos enteramos que algunos grupos de michoacanos en Estados Unidos apoyan con dinero a aquellos de sus paisanos que se reúnen en grupos de autodefensa para proteger a sus poblados frente a los cárteles de la droga o la delincuencia organizada.

Gracias a Dudley Althaus, de Global Post —y otra vez a Excélsior, que publicó la historia en México—, sabemos que jóvenes mexicanos educados o que al menos crecieron en Estados Unidos son ahora parte de los autollamados grupos de autodefensa, como otros de ellos mismos lo son ya de los grupos delictivos.

Algunos, quizá exmiembros de pandillas que ven aquí la ocasión de reivindicarse frente a sus familias; jóvenes que crecieron imbuidos de la creencia estadunidense del poder de una persona común para cambiar al mundo, o simplemente que regresaron porque lo creían su deber.

Muchos de ellos regresaron al país obligados por las leyes estadunidenses y encontraron situaciones peores que las que esperaban hallar. Más que pobreza, desesperación; más que corrupción y mal gobierno, la ley del más fuerte, con las autoridades como meros actores de reparto.

Y en comunidades como las michoacanas, encontraron a sus familias afectadas por un conflicto real, por extorsiones y vejaciones; bueno o malo, muchos de ellos no tuvieron otra cosa mejor qué hacer que sumarse a los delincuentes —quizá porque ya eran parte de ellos desde Estados Unidos— o buscar la forma de enfrentarlos, por valores personales, por venganza o por cualesquier razón.

Y no habría que descartar la noción de que sus propias familias en Estados Unidos, mexicanos de nacimiento o de padres y abuelos mexicanos, les hubieran enviado dinero o un arma para defenderse. Después de todo, en el país donde habitan —o en el que crecieron— eso es legal, y la tradición, real o legendaria, de defenderse por medios propios está ahí.

En algunos casos se puede tratar incluso de jóvenes que tuvieron alguna experiencia militar y fueron deportados a México por acumular faltas menores, o que se enojan ante los problemas que enfrentan sus abuelos y deciden, a la estadunidense, “hacer algo”.

Lo que encontraron en Michoacán no es agradable. Los michoacanos se quejan de que su situación es injustamente retratada en los medios, pero también de que La Familia Michoacana o Los Caballeros Templarios les reclaman un impuesto propio y se enteran de sus trámites de compra-venta tan pronto son registrados ante las autoridades. Lamentan que la información sobre Michoacán sea tan alarmista, pero abundan relatos sobre las extorsiones y las consecuencias de no pagar.

Lo que haga el gobierno mexicano en ese sentido es y será determinante. No basta con “desarmar” (¿de veras?) a las autodefensas ni estigmatizar a los jóvenes retornados, que sería un error. Se trata de que debe ofrecerles lo mismo que debe ofrecer a todos los mexicanos y, en este caso, especialmente a los michoacanos: el imperio de la ley, sin competencias de poderes extralegales.

De otra forma, el conflicto se extenderá a otras comunidades afectadas por el tráfico de drogas y la delincuencia organizada, y se trasnacionalizará en la medida que esas comunidades tengan forma de comunicarse con sus familiares en el exterior y éstos estén dispuestos a ayudar o actuar.

En los años ochenta, cuando se desempeñaba como diplomático mexicano en Washington, mi viejo amigo Leonardo Ffrench tenía su pesadilla: que al ver lo que ocurría en México, los mexicano-estadunidenses se organizaran y decidieran resolver las cosas por su cuenta.

Cuidado.

                *Periodista

         jose.carreno@gimm.com.mx

 

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