Las tensiones ceden; la desconfianza queda

Los primeros cincuenta días del gobierno de Trump han sido una humillación tras otra, una derrota tras otra, una frustración tras otra.

Las relaciones entre México y Estados Unidos han pasado por tensiones considerables las últimas semanas, pero algunos, en los dos países, creen que la alarma comienza a disminuir.

No es que el presidente Donald Trump y algunos de sus aliados hayan renunciado a sus metas, sino que la necesidad y la realidad han hecho patentes tanto sus niveles de inexperiencia como la importancia de la relación. 

En alguna medida, los primeros 50 días del gobierno de Trump han sido una humillación tras otra, una derrota tras otra, una frustración tras otra. Y para algunos eso no ha sido necesariamente negativo.

Dana Milbank, el acreditado reportero político de The Washington Post, señaló la semana pasada que, hasta ahora, el presidente Donald Trump y su gobierno han sido “piadosamente incompetentes”.

Y, en ese marco, las promesas de campaña con respecto a México han tenido secuelas que no son positivas para nadie, para  comenzar por el propio Trump.

Ni Trump ni algunos de sus asesores económicos tenían idea de la profundidad de la interrelación económica entre los dos países y parecieron basar sus planes sobre la idea de que México sería fácil de presionar por su dependencia con respecto a Estados Unidos, como dijo en su momento Wilbur Ross, ahora secretario de Comercio.

Pero la negativa del gobierno mexicano a aceptar la afrenta y el rechazo de los mexicanos a tolerar la humillación se retroalimentaron como rara vez ha ocurrido en las últimas décadas y encarecieron brutalmente el costo político y potencialmente económico de esas presiones.

Ahora, estados de la Unión Americana políticamente importantes para los republicanos se preocupan por el impacto que pudieran tener medidas como el muro, la revisión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y aun la expulsión indiscriminada de migrantes indocumentados. Eso no se ha traducido sino en unas cuantas declaraciones, aunque más en el escepticismo, cuando no la resistencia legislativa, respecto al financiamiento de las diversas metas.

Muchos en el Partido Republicano comulgan con la idea de que se construya alguna barrera fronteriza para hacer ver que se cumple con la promesa de campaña. Pero, de concretarse, la escala sería mucho menor que la propuesta por Trump —ni tan alta ni tan grande ni tan larga— y, desde luego, no están conformes con el gasto que representaría y menos con las propuestas hechas para financiar sus gastos adicionales. 

La expulsión de indocumentados es relativamente más simple. De hecho, en alguna medida no se trataba más que de quitarle frenos a las agencias policiales. Pero, cada vez más, hay la impresión de que los agentes migratorios prefieren la comodidad de cazar infractores de tráfico en lugares como escuelas e iglesias o a personas ya en la cárcel, que en buscar y aprehender a delincuentes peligrosos. Y hay que añadir que, pese a las promesas de Trump, no parece haber alicientes adicionales a las policías municipales o estatales.

La idea de renegociar el TLCAN no es ni era una de las mejor recibidas por los socios de Estados Unidos y menos con la clase de presiones que Trump trató de ejercer sobre México. Pero tampoco era inesperada, toda vez que, tanto México como Canadá lo habían renegociado ya en el marco de la asociación para la Prosperidad Transpacífica (TPP) que impulsó el gobierno de Barack Obama y descartó Trump como primer medida.

Michael Froman, representante de Comercio Internacional (USTR) en el gobierno de Obama, afirmó recientemente que su país no había hecho concesión alguna a sus dos socios porque pudo argumentar que para ellos el TPP representaba un acceso favorable y privilegiado a mercados en Asia.

Trump, en todo caso, perdió ese recurso y, para complicar más las cosas, su decisión de retirar a Estados Unidos del TPP llevó a los demás miembros a buscar soluciones sin ellos e invitar, además, a la República Popular China, que ahora aboga por el libre comercio y la globalización.

El gobierno mexicano recurrió no sólo a advertir sobre los daños al comercio bilateral (por ejemplo, sus importaciones de alimentos), sino a alentar la presión de las empresas establecidas en México y a la vinculación con personajes importantes del gobierno de Trump. Pero también a medidas que, como los recientes renovados contactos con Sudamérica y Asia no pueden sustituir, pero sí abren la posibilidad de aminorar la dependencia del comercio bilateral, con consecuencias reales para productores estadunidenses.

Al margen de otras consideraciones y solución de las actuales tensiones, esas formulaciones pasaron a ser una tendencia real de seguridad nacional y política exterior para un país que, como México, hasta ahora no se preocupaba ni de una ni de otra y sólo hablaba, de vez en cuando, de la necesidad de diversificar.

Al mismo tiempo, y tampoco de forma sorpresiva, los propios funcionarios del gobierno de Trump comienzan, al parecer, a encontrar que la noción de una Norteamérica como región integral no es necesariamente adversa a las metas estadunidenses.

La tormenta parece aminorar y, aunque el daño a la relación bilateral no es irreparable, el gobierno de Trump reintrodujo en el panorama una desconfianza que parecía superada.

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