El aprendiz de brujo y el “Estado profundo”

El término ha sido asociado más bien con países como Turquía, Egipto 
o Pakistán, y donde estaría integrado por redes informales de oligarcas.

Lo bueno y lo malo de los problemas de Donald Trump es que muchos de ellos son con sectores de la sociedad estadunidense que sería mejor dejar en paz.

No es que Trump sea una blanca paloma o buena persona. Al contrario. Su narcisismo, su egolatría y su ignorancia son tales que igual que aquel personaje, el “Aprendiz de brujo”, parece haber echado a andar fuerzas que no puede controlar.

Por lo pronto, medios como The New York Times, The Wall Street Journal y tan ideológicamente inclinados como el semanario conservador The Week, se han preguntado sobre el choque entre Trump y lo que llaman “el Estado profundo”, integrado, según esto, por poderes fácticos profundamente entramados en el tejido del gobierno.

El término implica un Estado dentro del Estado y ha sido asociado más bien con países como Turquía, Egipto o Pakistán, y donde estaría integrado por redes informales de oligarcas, militares de alto rango, agentes de inteligencia y crimen organizado, o bien por una burocracia profundamente atrincherada en el gobierno, o una combinación de ambas fórmulas.

Pero no es fácil asociar esa idea con Estados Unidos, aunque la verdad sea dicha la paranoia reinante en ese país la ha postulado por años.

De acuerdo con Mike Lofgren, un autor político estadunidense, el “Estado profundo” en esa nación es una combinación de elementos del gobierno, la industria y las finanzas que es capaz, a través del financiamiento de campañas electorales, redes de influencia y cooptación, de gobernar a Estados Unidos sin necesidad de referirse a la voluntad popular.

De creer a Trump y sus seguidores, ese es a fin de cuentas el enemigo a vencer o por lo menos el que enfrentó al nuevo mandatario a partir de sus vínculos con Rusia, reflejados en la relación entre funcionarios de ese país y el general Michael Flynn, que fuera brevemente consejero de Seguridad Nacional de Trump.

La caída de Flynn mostraría el poderío del “Estado profundo”: la intercepción y las grabaciones de sus conversaciones con el embajador Sergey Kislyak son parte del trabajo de inteligencia de los servicios de contraespionaje estadunidenses. Su divulgación a través de filtraciones de prensa, sin embargo, no lo es. Y sólo ellos pudieron haberlo hecho.

Y sí, es cierto que los problemas de Trump podrían ser —y de hecho son— una causa de alegría para muchos, ofendidos por la vulgaridad, la arrogancia y los sentimientos racistas y xenofóbicos a los que el mandatario abrió la puerta.

Pero la verdad sea dicha, es un desarrollo que hay que contemplar con enorme cautela.

La posibilidad de un Trump limitado, acotado en su poder e inclusive impugnado o destituido es más que atractiva luego de los daños provocados por sus floreos retóricos y tuiteros.

Pero el que un Estado, que es también la mayor potencia del mundo, sea regido por sus servicios de inteligencia o su “Estado profundo” da que pensar.

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