Divididos y, como de costumbre, absurdamente divididos

Hoy estamos, otra vez, en un atolladero doméstico agudizado 
por el problema en nuestra relación con Estados Unidos. 

Un gobierno débil, al frente de un país dividido, en medio de una crisis en las relaciones exteriores con un poderoso vecino.

¿2017 o 1847?

El espectáculo de dos manifestaciones cuyos organizadores reclamaron ser más “puros”, “más mexicanos” o “más listos” o “más realistas” que “los otros” y donde los participantes enfrentaron la alternativa de “apoyar” o no con su presencia y sus gritos al único gobierno que tenemos —nos guste o no— fue en realidad triste.

En cierta forma, fue un monumento al absurdo humano y una prueba de que los mexicanos no somos inmunes a la tontería. Au contraire, diría un francés.

A todos habría que recordarles que no se trata de quedar bien con un partido de gobierno que, a reserva de sorpresas, va a ser reprobado en las elecciones de 2018, y de eso que el apoyo de hoy frente a un problema externo no implica que deban votar por él en julio del próximo año.

¿De veras creen unos que una manifestación aquí o en Chicago va a detener a Donald Trump? ¿De veras creen otros que un gobierno sin respaldo popular puede resistir una negociación con Estados Unidos? ¿Están seguros que negarle su respaldo a este gobierno va a tener mejores resultados que dárselo? ¿O que alguien más puede negociar por el país en estos momentos? Ese que está ahí es el equipo que tenemos.

Se supone, como sostiene la retórica, que las manifestaciones del domingo fueron de protesta contra Trump y de apoyo al país. Y para bien o para mal, nos guste o no, esta nación llamada México incluye a muchos que piensan en favor del “otro”, quienquiera que sea, pero que no por eso son “traidores a la patria”.

Dice la tradición que en la antigua Constantinopla estaban tan inmersos en sus propios asuntos que aún debatían sobre el sexo de los ángeles mientras las tropas turcas asaltaban las murallas en 1453.

En turno, cuentan algunas historias que ya en la guerra contra Estados Unidos, las divisiones entre los mexicanos eran tan profundas, que los generales de una filiación no ayudaban a los de la otra.

Quién sabe si sea cierto. Otras historias hablan simplemente de falta de coordinación, por no hablar tal vez de la incapacidad militar del “Napoleón del Oeste”, Antonio López de Santa Anna. Lo cierto es que la división persistió incluso en los recuentos sobre la actuación de los militares. Se habla con desprecio de los “polkos”, los oficiales militares de filiación conservadora, llamados así por su gusto por el baile de polka, que en febrero de 1847 y ya en la guerra con Estados Unidos se amotinaron contra el presidente interino Valentín Gómez Farías en contra de la ley por la ocupación de los bienes de la Iglesia —para financiar, por cierto, la campaña de Santa Anna contra la invasión estadunidense.

Al final del día, “polkos” y liberales se batieron contra los estadunidenses. Tal vez, como dicen algunos, cada uno por su lado y sin ayudar al otro, no fuera a ocurrir que se interpretara como respaldo a fulano o sutano...

Es un periodo en el que, a pesar de lo que se diga, no hay santos y en el que muchos de los actores decidieron y actuaron en función de sus creencias políticas y la convicción de que sólo ellas sacarían al país del atolladero. Porque, usted sabe, sólo (espacio en blanco para anotar a quien usted quiera) tiene la solución.

Lo malo es que México ya estaba en un atolladero y la división sólo contribuyó a hundirlo más.

Entre marzo de 1916 y febrero de 1917 se dio la expedición punitiva estadunidense contra Francisco Villa, encabezada por el general Jack Pershing. En buena medida, se debió al ataque de Villa contra Columbus, Nuevo Mexico, en represalia por lo que consideró como una traición estadunidense a su causa. Y otra vez la división política tuvo mucho que ver.

Hoy estamos otra vez en un atolladero doméstico agudizado por el problema en nuestra relación con Estados Unidos. Pero el cretinismo aún predomina en nuestra sociedad.

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