Falta la segunda vuelta

Donald Trump tiene frente a sí un periodo de tolerancia mucho menor que cualquier otro presidente estadunidense.

El punto brillante de la crisis que la semana pasada sacudió las relaciones entre Estados Unidos y México fue que ninguno de los dos gobiernos llamó por el fin del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

El punto es testimonio de la importancia alcanzada por el acuerdo comercial en la relación económica bilateral durante la generación que ha estado en vigencia y su importancia estratégica para los dos países.

En alguna forma también puede considerarse como parte del proceso de aprendizaje del nuevo presidente estadunidense, Donald Trump, a la realidad de situaciones a las que no está acostumbrado.

De creer por ejemplo a Lawrence O’Donnell, de la cadena MSNBC, el primer intento de negociación internacional de Trump terminó en una humillación, porque dio pie a que el mexicano Enrique Peña Nieto lo rechazara públicamente.

De ahí, dijo O’Donnell sin decirlo, la importancia del juego diplomático: evita humillaciones públicas o pérdidas de cara, como en su opinión le ocurrió a Trump, que basó parte de su campaña en la idea de que es mejor negociador que sus antecesores.

La postura de algunos en Estados Unidos ciertamente no es halagüeña para Trump, que tiene frente a sí un periodo de tolerancia mucho menor que cualquier otro presidente estadunidense.

Pero por lo demás, el “flamazo” que permitió el resurgimiento de tensiones de corte nacionalista causadas por narcisismo y sensibilidades extremas no augura tiempos tranquilos.

Don Jesús Reyes Heroles, aquel formidable político mexicano que buscó reformas democráticas en los años 60 y 70, solía afirmar que “en política, como en poesía, la forma es fondo”. Y pocas veces el sentido de ese dicho parece tan aparente como en la actual confrontación en las relaciones entre Estados Unidos y México.

El narcisismo corre a cargo del presidente Trump, quien decidió ir adelante con una promesa de campaña y firmó órdenes ejecutivas para construir un muro entre los dos países y expulsar indocumentados el mismo día que dos altos funcionarios mexicanos llegaban para ultimar detalles de una reunión presidencial a realizarse el 31 de enero.

Pero la tinta no se había secado cuando ya empezaban las objeciones, los rechazos y los problemas. Para un hombre como Trump, eso en sí es humillante y una pérdida de reputación que debe reparar.

La visita de Peña Nieto tenía como objeto otra de las promesas de Trump: abordar la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

La determinación, como el tema migratorio, era esperada con cierta incredulidad, justificada ahora por la realidad política en Estados Unidos. Por lo pronto, al menos.

Si Trump decide tomarlo como una experiencia y dejarlo ir, o espera a la segunda vuelta, está por verse. Los antecedentes no son, sin embargo, alentadores: probablemente buscará formas de tomar desquite.

El choque en todo caso no tuvo paralelo en 30 años, desde que el secuestro, tortura y asesinato del agente antinarcóticos estadunidense Enrique Kiki Camarena en marzo de 1985 llevara al cierre temporal de la frontera por decisión del entonces director de Aduanas, William Von Raab.

La medida causó suficientes problemas económicos en Texas como para que, según se contaba, el entonces secretario del Tesoro, el texano James Baker, lo conminara a terminarlo y avisar antes de declararle la guerra a otro país.

Pero el siguiente paso fue instaurar la política de “certificación” por drogas.

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