El problema para México
Donald Trump está consciente de que su poder depende de que pueda mostrar resultados. Y arrinconar a México resulta fácil a fin de cuentas.
Muy al margen de otras consideraciones, nacionales o internacionales que a gustar o no son reales, México enfrenta una tormenta constituida sobre todo por la combinación de dos factores que a su vez resumen muchos problemas de fondo: demosclerosis y anocracia.
Cada uno de ellos tiene causas y efectos definidos y podrían ser el eje de crisis en cualquier país. Su combinación es formidable y son un reto para México y su sistema.
¿Pero qué son? No son conceptos muy conocidos y tampoco manejados con frecuencia en México, pero ahora sus efectos, si no sus nombres, se convierten en familiares.
De hecho, hay que indicar que demosclerosis se refiere a la progresiva incapacidad del gobierno para adaptarse, en parte debido a la creciente maraña de intereses que debe satisfacer.
La anocracia, por su parte, es definida más vagamente, pero es una mezcla de democracia y dictadura, un régimen que al menos de acuerdo con una definición “permite algunos medios de participación a través del comportamiento de algunos grupos de oposición, pero tiene un desarrollo incompleto de mecanismos para resolver problemas”.
El juego de intereses creados en la política mexicana es evidente y su acción demosclerótica, traducida en la renuencia de sus partes a dejar perder prebendas y en cambio demandar más, se refleja en la cada vez menor libertad de maniobra del gobierno federal.
Paralelamente, está el proceso de la anocracia, un sistema en el que la élite gobernante no enfrenta responsabilidad ni se hace responsable de sus acciones y en el que prosperan los grupos delincuenciales, frecuentemente del narcotráfico.
Impunidad, corrupción e inseguridad son síntomas y resultado de la combinación.
El gobierno federal mexicano tiene en el papel y en el imaginario un poder considerable, pero está acotado ahora por grupos de poder tradicionales, como partidos, sindicatos, Iglesia y empresarios, y nuevos, que incluyen factores como las redes sociales y, de hecho, gobiernos estatales encabezados por aspirantes a sátrapas.
Peor aún, reformas de fines del siglo XX ampliaron de manera extraordinaria las facultades de los estados. Pero lo que tenía una intención democrática también abrió puertas al abuso.
Esa situación se agrava en tanto que el país enfrenta un difícil panorama externo, definido esta vez por su relación con Estados Unidos.
En ese marco se puede si se quiere mencionar que el ego y el interés político del nuevo mandatario estadunidense, Donald Trump, encuentran un blanco vulnerable en México, que ya hace décadas entró en una relación de integración social y económica con Estados Unidos.
Pese a su arrogancia, Trump sabe que una mayoría de los estadunidenses no está ni estuvo con él; está irritado por el vacío que le han creado los grandes nombres del espectáculo y quitan brillo a sus festejos de asunción de mando; está consciente de que su poder depende de que pueda mostrar resultados.
Y arrinconar a México, donde una sociedad dividida por la política difícilmente se unificará, resulta fácil a fin de cuentas.
