Con el elefante en el cuarto...
Fue una elección basada en el deseo de cambio, alimentado por el resentimiento social, económico y político.
Los mexicanos enfrentamos la posibilidad de recibir una lección de geopolítica de la peor manera posible: sufrir sus consecuencias en carne propia.
El martes 8 de noviembre el mundo como lo conocimos después de la Segunda Guerra Mundial se movió bajo nuestros pies y Estados Unidos, su piedra angular, se resquebrajó.
La elección de Donald Trump puede ser, como dice Francis Fukuyama, una señal de la decadencia del sistema político estadunidense. tal vez, aunque los optimistas creen que el sistema demostrará su fortaleza.
Pero fue una elección basada en el deseo de cambio, alimentado por el resentimiento social, económico y político.
Al margen de eso, la elección de Trump pone a prueba las relaciones entre Estados Unidos y México de una forma que nadie esperaba ni deseaba, y las respuestas de la clase política no parecen adecuadas, al menos por ahora. Aunque la verdad no hay mucho que puedan hacer.
El resumen de la jornada electoral estadunidense y la primera respuesta mexicana fue hecho en cierta forma por Andrea García García, una senadora panista que estuvo en Washington como parte de la misión observadora de la Organización de Estados Americanos y fue testigo del histórico momento: “Se subestimó el voto oculto, y la gente salió a votar, pero por Trump; y la conferencia de (Agustín) Carstens y (Jose Antonio) Meade, pues básicamente no dijeron nada”.
La geopolítica simbolizada por la vecindad con el hegemón, ha tenido efectos en México como país y aunque en las última décadas hubo un deliberado intento de atracción, los mexicanos siempre hemos estado listos a volver a la respuesta tradicional del enconchamiento, a las simpatías latinoamericanistas de la izquierda y europeístas de la derecha. O como señalara alguna vez Jeff Davidow, a la actitud del puerco espín.
Ninguna de esas respuestas es o ha sido realista, y la falta de respuestas se refleja en los intentos de tranquilización de la economía por Meade y Carstens o el mensaje de “no hay porqué preocuparse” de Andrés Manuel López Obrador.
De acuerdo con los análisis de salida, el triunfo de Trump se definió entre los estadunidenses que deseaban cambio en la dirección política y económica del país y que decidieron su voto en los dos o tres últimos días, a sabiendas, incluso, de que votaban por el menos preparado de los dos aspirantes.
Pero Trump fue quien ofreció cambio.
Trump, dice Fukuyama, fue electo porque identificó correctamente dos problemas importantes para Estados Unidos: la creciente inequidad en la distribución del ingreso (que afecta, sobre todo, a la clase media blanca baja que formó el núcleo de su voto), y la captura del gobierno estadunidense por los grandes intereses establecidos.
Pero como dice el académico, “no tiene soluciones para ninguno de los dos problemas” y ahora tiene que ver la forma de cumplir.
Su única herramienta es la clásica receta del “hombre fuerte”, del caudillo que pide a sus conciudadanos “confíen en mí, líder carismático, para resolver sus problemas”.
Para México eso es un problema. Para bien o para mal, estuvo y está en el centro de los problemas descritos por Trump a su audiencia: seguridad, migración, delincuencia, libre comercio.
El gobierno trata de buscar comunicaciones de la forma clásica, a través de la diplomacia, en una situación que bien podría considerarse de emergencia.
Y, ciertamente, como dijo García García, hasta el momento solo se ha tratado de apaciguar con palabras y presentar la mejor cara posible a una situación difícil y fuera de su control, sobre todo, en lo que se refiere a movimientos económicos. Pero al margen de realidades económicas y sociales, la mejor herramienta de México para enfrentar el problema es esgrimir cuidadosamente la vecindad, o sea justamente la geopolítica.
Nuestra premisa geopolítica básica está ya en proceso: el elefante está en el cuarto y México está dentro; lo que se haga, habrá que hacerlo con cuidado pero no implica quedarse quietos.
