Trump, fruto de la desconfianza
El republicano se presenta como la figura mítica estadunidense,el héroe solitario que llega a un sitio para poner todo en orden.
Una de las formas de entender el fenómeno Donald Trump es considerar la relación de desconfianza de muchos estadunidenses con su gobierno federal.
Para muchos, el gobierno federal implica impuestos tanto como burocracia o la imposición de medidas controversiales, que históricamente han ido de la abolición de la esclavitud y la imposición de derechos civiles hasta la regulación del comercio y posesión de armas de fuego, la educación sexual, la educación laica y la libertad de aborto.
Para ese sector, el gobierno federal interfiere indebidamente en los derechos autónomos de los estados que conforman la Unión Americana y regula indebidamente la vida de sus ciudadanos.
La absoluta falta de experiencia del candidato presidencial republicano Donald Trump es para ellos una ventaja: no ha hecho daño.
Al contrario, se presenta como la figura mítica estadunidense, el héroe solitario que llega a un sitio para poner todo en orden, él solo en contra de las fuerzas del mal.
Que eso no funcione así en la realidad tiene poco que ver con la narrativa ideal de la mitología que los estadunidenses han creado para su sociedad y su historia. Y menos todavía cuando se mezcla con lo que quieren ver en sus candidatos políticos.
En cierta medida no es extraño el entusiasmo que Trump ha despertado en un sector estadunidense. Es la representación física de lo que muchos de ellos quisieran ser o haber sido: millonario, playboy, libre aparentemente de restricciones impuestas por la corrección (de cualquier índole). Por supuesto que ser blanco e hijo del privilegio también cuenta.
Es como la Naná de Émile Zola en interpretación de La Tigresa Irma Serrano: “Hago lo que quiero porque puedo y porque tengo con qué”.
De acuerdo con el historiador Gil Troy, el único acto de servicio público de Trump que se recuerde, o al menos que esté comprobado, ocurrió en 1986, cuando luego de años de costosas demoras por las autoridades de Nueva York, Trump ofreció y, de hecho, reconstruyó la pista de patinaje sobre hielo en el parque central de la ciudad en menos tiempo que el esperado y por debajo del presupuesto.
Pero el historial del candidato presidencial en términos de servicio público es inexistente.
Esa falta de experiencia sería un absoluto negativo en la mayoría de los países del mundo, incluso Estados Unidos, en circunstancias normales.
Pero en la actual “normalidad” estadunidense tiene sentido: hay un sector temeroso del futuro y de su sitio en una sociedad emergente (multicultural, pluriétnica) en una economía de servicios, representada a su vez por un personaje tan polémico como Hillary Clinton.
En ese marco es explicable el éxito parcial por lo menos de la candidatura de quien se presenta como un empresario triunfador que ofrece proteger los derechos de un grupo blanco, de clase media, que teme al futuro y desconfía del gobierno federal.
Para el resto de la sociedad, no.
