México y el teatro político estadunidense

Para bien o para mal, la integración entre los dos países es tal que unos y otros son parte de la fábrica económica, social y cultural del otro.

México “es indispensable” para Estados Unidos, me dijo hace algunas semanas el reverendo John Jenkins, presidente de la Universidad de Notre Dame, durante una conversación en la que condenó la retórica electoral en su país como “teatro político, descortés e insultante”.

Jenkins estuvo aquí en julio para la apertura de una oficina de representación para revitalizar la histórica atracción de Notre Dame para estudiantes mexicanos, en un momento histórico en el que hay la impresión creciente de que el rejuego político estadunidense y las actitudes mexicanas pueden llevar a un retroceso en la relación bilateral.

En cierta forma la actual situación es parte de un clima que no es nuevo, pero al igual que actitudes racistas y xenofóbicas, fue hecho permisible por la retórica del candidato presidencial republicano Donald Trump.

La visión que Jenkins delineó es, con mucho, la de una gran parte de la intelligentsia estadunidense: el futuro de Estados Unidos y México confluye, no se divide, en la frontera, sin importar lo que diga Trump.

La idea de frenar y aún revertir aspectos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que aparece en los discursos del republicano y está presente, en menor medida, pero está, en las expresiones de la demócrata Hillary Rodham Clinton, es negativa en términos comerciales, económicos, políticos y aun estratégicos para los tres países involucrados.

La renegociación del TLCAN o por lo menos partes de él será una realidad, sin importar quien gane. Para bien o para mal, ya es un acuerdo viejo en necesidad de renovación y actualización, así como de incluir aspectos nuevos.

Pero hay formas y momentos.

Cierto que las posibilidades de un impacto negativo no detendrán a quienes creen que los efectos del TLCAN desaparecerán si se echa atrás el reloj, o sueñan con que las cosas retornarán al estado en que se encontraban antes de 1994.

La realidad, sin embargo, es que en la actualidad el TLCAN es tal vez el único acuerdo comercial y económico que puede sustentarse sin comercio más allá de sus límites, si tal fuera la necesidad. Son muy pocos, si acaso, los productos o servicios que no pueden encontrarse en Canadá, Estados Unidos o México.

Pero las formulaciones políticas hoy de moda en un sector estadunidense “sugieren que Estados Unidos se aleje de México justo en el momento en que nuestros países están más positivamente involucrados con el otro y listos para cosechar los beneficios del comercio, la industrialización y el emprendimiento”, advirtió Jenkins.

No es el único que cree que la retórica hoy sobre la mesa en Estados Unidos apela a lo peor de los estadunidenses. “A través de la historia, personas han encontrado atractivo en apelar a lo peor de nosotros, al miedo, a satanizar a algunos grupos; al hacerlo se demerita el debate político”, dijo Jenkins.

El sacerdote, sin embargo, exhortó a no ceder y recordó que hace cien años eran los irlandeses los receptores de ataques nativistas: la Universidad de Notre Dame fue fundada por frailes católicos irlandeses y franceses en 1842, cuando la mayoría protestante anglosajona desconfiaba abiertamente de católicos e irlandeses.

Jenkins señaló hace tres meses que el reatrincheramiento estadunidense o el refugiarse detrás de muros no serían aceptables. “Eso nos haría más pobres” en sentidos más allá del económico, afirmó.

Para bien o para mal, la integración entre los dos países es tal que unos y otros son parte de la fábrica económica, social y cultural del otro.

Pero sin disculpar algunas cosas en México, hoy por hoy el nivel del debate político estadunidense es muy bajo. Que un aspirante presidencial se sienta obligado durante casi una semana a lanzar acusaciones personales para desacreditar a una detractora habla muy pobremente de sus capacidades y es un aviso de su temperamento.

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