Elecciones estadunidenses: hay mucho en juego...
Un triunfo electoral por un margen estrecho puede ser transformado por los republicanos en una reedición de la parálisis gubernamental.
Gane quien gane en las elecciones del próximo noviembre, Estados Unidos y el mundo enfrentarán tiempos al menos complicados.
Mucho, cierto, dependerá de qué tan grande o tan estrecha sea la victoria. Un triunfo apretado de Hillary Rodham Clinton o de Donald Trump permitirá a sus adversarios bloquear iniciativas y en general limitar sus posibilidades reales de gobierno.
Y si bien en las últimas dos semanas pareció perder el aura de segura triunfadora, Clinton aparece aún como la más viable vencedora. Lo más probable, sin embargo, es que un triunfo electoral por un margen estrecho sea transformado por los republicanos en una reedición de la parálisis gubernamental que periódicamente afecta a Estados Unidos.
Peor aún, el partisanismo es tal que ya hay políticos republicanos que, como el gobernador de Kentucky, Matt Bevin, se pronuncian por resistencia, pasiva y violenta, contra lo que haga un eventual gobierno de Hillary Rodham Clinton.
El punto es simple, en todo caso. Tal como van las cosas, el resultado de las elecciones hará poco por crear unidad entre los estadunidenses o por tender puentes entre demócratas y republicanos o entre sectores blancos y las minorías étnicas.
Parte es historia ya. La división partisana revelada en la actual campaña tiene antecedentes largos y agudizados en tiempos modernos. Hay un mucho de una cuestión ideológica, ante formas de pensar cada vez más divergentes respecto al tipo de país que se desea.
Parte también es la falta de un enemigo que unifique a una mayoría de los estadunidenses en una meta común, como ocurrió durante la Guerra Fría.
Hay una parte, por supuesto, basada en los problemas de racismo.
Pero sobre todo, está también la particular paranoia típica de Estados Unidos, una nación que ahora siente temor, sea del terrorismo internacional, de las divisiones internas, del multiculturalismo o de cambios sociales y económicos que los auspician.
Históricamente los estadunidenses sienten desconfianza por su gobierno y lo que haga, y ahora ve ese sentimiento atizado tanto por circunstancias políticas como por el propio Trump y sus aliados, que han hecho lo suyo por sugerir que puede haber trampa en las elecciones.
La deslegitimación de un gobierno puede tener efectos no esperados, pero rara vez positivos. Y si eso es indeseable en países de cualquier tamaño, las consecuencias de que ocurra en una nación como Estados Unidos podrían ser desproporcionadas.
Peor aún, en el mundo posguerra fría, Estados Unidos fue de lejos la nación hegemónica, la que impuso lo que algunos historiadores llaman ahora la “Pax Americana”, que de alguna forma define aún el orden internacional.
Algunos pueden desear la desaparición de ese orden, pero no hay quién o quiénes tomen el sitio que quedaría vacante.
