¿Sin Barack Obama no habría Donald Trump?
El hecho es que si Obama es la representación física del cambio que ocurre en Estados Unidos, Trump es la de la resistencia a ese cambio.
Para la historiadora Nell Irvin-Painter, profesora emérita de Historia en la Universidad de Princeton, la existencia de Barack Obama es la razón de la fuerza de Donald Trump.
Las argumentaciones en torno a Trump como representante de grupos descontentos con el sistema y resentidos por cambios sociales y económicos pueden ir y venir, pero en la argumentación de Irvin-Painter es quizá menos académica, pero tal vez más comprensible.
“Sin Barack Obama no hay Donald Trump”, señaló Irvin-Painter.
“El desafío actual para la gente blanca en la cima es el más agudo de la historia”, escribió en un texto divulgado por la History News Network (HNN-Cadena de Noticias de Historia).
Se trata, precisó, “de la elección y reelección de un Presidente que es negro, con una esposa y dos hijas que son negras”.
Las respuestas a ese reto han sido tradicionalmente violentas, desde buscar la desligitimación de Obama que promovieron muchos republicanos, incluso el propio Trump, hasta los llamados a que los amantes de las armas “hagan algo” para evitar que Hillary Rodham Clinton pueda llegar a designar jueces que promuevan el control de las armas en el país.
Irvin-Painter recordó que a otro nivel, las reacciones “comenzaron temprano, con la promesa de hacer a Obama presidente de un sólo término y continúan en el rechazo legislativo a gobernar, en el natalismo (la creencia de que Obama no nació en Estados Unidos), el grito de “¡Usted miente!” (con que un congresista republicano interrumpió un mensaje sobre el Estado de la Unión de Obama) e innumerables estereotipos visuales que perdieron valor hace un
siglo”.
Y más aún, además de ser negro, el Presidente “ha abrazado la reforma migratoria, una reforma identificada con gente morena”.
Para la historiadora, la reacción a los cambios representados por Obama es comparable a la resistencia con que se encontró el proceso de integración escolar en 1957, cuando la adolescente negra Elizabeth
Eckford llegó por primera vez a una escuela secundaria de Little Rock. Una fotografía de la época muestra a la joven, con lentes negros y un amplio vestido blanco de manga corta. Detrás de ella, varias jóvenes blancas, incluso una que hacía muy poco por disfrazar su ira, tal vez su odio.
“Esa es la iconografía de una llamada y respuesta trágica, tradicionalmente estadunidense. La llamada: un reto al statu quo de blancos en la cima; la respuesta: brotes de maldad, muchas abrazando armas retóricas meramente viles; otros criminales, con armas físicas. La sangrienta historia de linchamientos, con sus festivas multitudes y postales del recuerdo y pedazos de cuerpo, se eriza con provocaciones personales sobre el statu quo racial”, escribió la historiadora, autora de una Historia de la Gente Blanca.
En alguna medida su formulación es otra forma de presentar la irritación y la resistencia del grupo dominante ante la creciente influencia de otros grupos, desde mujeres que no se conforman con ser amas de casa o permanecer en segundo plano hasta negros, latinos o asiáticos que demandan su parte del “sueño americano”.
No es accidente que grupos como el Partido Neonazi o la “Asociación Nacional para el Avance del Pueblo Blanco” hayan hecho manifiesto su respaldo a Trump.
El hecho es que si Obama es la representación física del cambio que ocurre en Estados Unidos, Trump es la de la resistencia a ese cambio. Y ese rechazo es más grande, más presente y más peligroso que Trump, su representante en este momento.
