De Trump, el populismo de derecha nacionalista y el “cesarismo”
Como buen seguidor de la fe, cree que bastará con su presencia para que todos los problemas se resuelvan.
Hace algunas décadas el historiador francés Amaury de Riencourt afirmaba que, por su sistema político, Estados Unidos sería el país occidental más proclive a llegar al “cesarismo”, entendido como el surgimiento de un “hombre fuerte”.
Otros ciertamente creen que el sistema estadunidense tiene los contrapesos necesarios para frenar a un Presidente con pretensiones de ese tipo, pero la verdad nunca habían tenido a alguien como Donald Trump en posición más o menos real de llegar a la Presidencia estadunidense.
Históricamente, tampoco había ocurrido la confluencia de una derecha reemergente a lo largo y ancho del mundo.
Afirmar que Donald Trump es la más reciente edición del populismo ya parece una noticia vieja, pero valdría la pena reflexionar sobre lo que eso implica.
El problema es que, como todo populista, cree tener la razón todo el tiempo, sepa de lo que habla o no, y como buen seguidor de la fe, cree también que bastará con su presencia para que todos los problemas se resuelvan.
No es único. El resurgimiento del populismo, especialmente de derecha en Europa, y su casi permanente presencia en Latinoamérica desde hace años, habla de un campo fértil alimentado por expectativas no cumplidas, promesas no realizadas, economías estancadas, xenofobia y aun racismo.
El coctel ha sido particularmente enervante en Europa, donde las élites han despertado de su sueño para encontrar que a 60 años de la derrota del nacional socialismo y del fascismo, su primo hermano, el populismo nacionalista de derecha, comienza a levantar la cabeza.
Y si en Europa se refleja en las actitudes de franceses, británicos, griegos, polacos, húngaros, serbios, macedonios y en cierta medida turcos respecto a los refugiados de origen musulmán y africano, un fenómeno similar surge en Estados Unidos, representado por Trump y trágicamente por millones de estadunidenses que afectados por crisis económica y de los partidos políticos, así como por su propia ignorancia, creen ahora en su retórica de “nosotros contra ellos”. Y “ellos” son los inmigrantes mexicanos y musulmanes.
De acuerdo con un análisis de la fundación alemana Friedrich Ebert, “las promesas de Trump, de soluciones fáciles a problemas complejos, sin necesidad de compromiso o de negociación, son muy obviamente funcionales sólo en un mundo de fantasía, pero son atractivos para un muy descontento sector del público estadunidense, como sus constantes retos a la supuestamente hegemónica ‘corrección política’ ...
“El exsecretario de Trabajo, Robert Reich, puede haber ido muy lejos (por ahora) cuando llama a Trump un ‘fascista estadunidense’, pero Trump no sólo tiene carisma, soluciones simples (y dinero); ha condonado el uso de la violencia en la política, opera un movimiento fuera de las instituciones políticas y detesta y evita a la prensa independiente”.
Peor aún, parece tener tendencias serias hacia el autoritarismo y una actitud desdeñosa y en principio vengativa, para decir lo menos, respecto a quienes no estén de acuerdo con él, dentro o fuera del gobierno.
Y si por “cesarismo” se entiende el régimen de un gobernante fuerte que hace de lado a su Poder Legislativo, ese tipo de gobierno se vive periódicamente en Estados Unidos, donde el mandatario en turno tiene la opción de tomar medidas administrativas que dejan de lado al Congreso, al menos temporalmente. Algunas medidas adoptadas por el presidente Barack Obama son testimonio de ello.
Pero hasta ahora, sea por convicción o por conveniencia política, los presidentes estadunidenses han buscado más la imagen de Cincinato, aquel líder romano que siempre renunciaba al poder, que la de Julio César, que lo buscaba.
Trump es otro tipo de persona y sus tendencias autoritarias parecen cada vez más evidentes.
En ese marco valdría la pena recordar la advertencia hecha por el sociólogo estadunidense Peter Baehr, en su libro The coming Caesars (Los Césares venideros): “el futuro parece sombrío. El ‘cesarismo’ estadunidense es inevitable, pero nuestras respuestas no están predeterminadas”.
