Bienvenida, embajadora
Roberta Jacobson llegó a México luego de diez meses de espera, obligada por circunstancias de política doméstica. Serán otros temas de política interna estadunidense los que se conviertan en su principal dolor de cabeza.
Entre presagios de tormenta y expresiones de buena voluntad, Roberta Jacobson inició el viernes su periodo como embajadora de Estados Unidos en México.
Jacobson llegó a México luego de diez meses de espera, obligada por circunstancias de política doméstica. Y serán otros temas de política interna estadunidense los que se conviertan en su principal dolor de cabeza durante la campaña presidencial estadunidense, de agosto a noviembre próximos.
El tamaño del desafío puede considerarse por la abierta retórica contra México expresada por el aspirante presidencial republicano, Donald Trump, y la animosidad que eso despierta entre los mexicanos.
Jacobson tendrá, además, otras preocupaciones. De entrada, la política de su gobierno la obliga a abordar temas de derechos humanos, corrupción, impunidad, imperio de la ley, medio ambiente, entre otras cosas, con implicaciones respecto a lo que sucede en México.
Eso no quiere decir que su desempeño vaya a estar marcado por la polémica. Jacobson es una persona de enorme tacto y su conocimiento del carácter latinoamericano, y el mexicano en especial, la llevará seguramente a actuar con discreción y tacto en sus tratos con funcionarios y ciudadanos mexicanos.
La reputación de Jacobson es de ser la funcionaria estadunidense más conocedora de México y de constructora de acuerdos. No es una fama que se gane fácilmente en Washington, donde para sobresalir resulta mas fácil jugar las cartas de la confrontación y la disonancia.
Con todo, las condiciones en Estados Unidos y México no hacen esperar una relación fácil. Nunca lo han sido y el abierto surgimiento de un movimiento nacionalista y xenofóbico en el país vecino, acompañados por la inminente —y, seguramente, contenciosa— campaña política mexicana de 2018 en México, hacen por momentos de turbulencia.
Si a eso se añaden los habituales componentes de diferendos migratorios y comerciales, junto con las viejas cuestiones del narcotráfico, el coctel hace una mezcla fuerte.
Pero son justamente el tipo de temas con que Jacobson ha debido tratar los últimos 15 años, y lo ha hecho bien.
Su papel, como embajadora estadunidense en México, es de tratar de prevenir, suavizar y resolver crisis bilaterales. En lo personal, y ella lo ha dicho, es una convencida de la importancia de una buena relación entre los dos países y nada hay que haga pensar que ha cambiado de opinión.
Por su carácter, su estilo, y ciertamente su misión, se puede esperar de ella que trabaje para facilitar las nunca fáciles relaciones bilaterales.
Bienvenida, embajadora. ¡Buena suerte!
