El problema doméstico de la política externa

La solidez de la política exterior será utópica si no hay, por lo menos, un consenso sobre el tipo de país que queremos.

Resulta muy fácil teorizar sobre lo que puede o debe hacer México ante los vaivenes políticos en las posiciones de la enorme potencia en su frontera, principal socio comercial y admirado/detestado vecino, Estados Unidos.

Lo más fácil está en dos caminos diametralmente distintos: plantear el rostro nacionalista y resistir a como dé lugar los avances estadunidenses, a pesar de la creciente interrelación socioeconómica que coloca a México, a querer o no, como el socio más débil, o por esas mismas razones acceder a las demandas sin importar lo absurdas que

sean.

Pero como ocurre en todos los países, cual pueda ser la ruta de política exterior depende en gran medida de las condiciones domésticas y no se puede producir en un vacío. Se vincula, necesariamente, con cuestiones y situaciones internas que, hoy por hoy, no ayudan a aclarar el panorama.

El hecho es que en la actualidad, la sociedad mexicana está profundamente dividida y eso se refleja en la multitud de mensajes que salen al exterior con expresiones críticas o de total oposición a lo que hace o deja de hacer el gobierno mexicano.

Pero una parte, también, de los mensajes se refiere a quejas por los intentos, frecuentemente tibios, por hacer cumplir las leyes, sobre la base de que está “justificado” desafiarlas a partir de simpatías con movimientos nacionales o internacionales de derechos humanos, ecologistas o de gobernanza.

En general, esa situación en sí refleja la debilidad del gobierno mexicano y, en alguna medida, de la sociedad misma.

En México no hay problema de leyes: hay un déficit enorme en cuanto al acatamiento de leyes y la falta de castigo a sus transgresores, y eso configura, a querer o no, una percepción de carencias y limitaciones.

El hecho es que el gobierno tiene problemas para hacer obedecer las leyes que se supone defiende; que muchos gobernadores actúan como sátrapas independientes y que no pocos funcionarios, federales y locales, actúan como si fueran leyes por sí mismos.

En ese marco, un gobierno tan asediado como el mexicano podrá encontrar razones para adoptar cualquiera de las dos rutas de relación con Estados Unidos, especialmente, ahora que hay, al menos, una seria posibilidad de que Donald Trump llegue a la Casa Blanca.

Para algunos que resisten al “imperialismo”, pero con igual gusto se irían como becarios o pedirían el apoyo estadunidense o europeo para una “oenegé” que presione al gobierno mexicano por la solución de temas de su predilección, frecuentemente importantes, por cierto, lo ideal sería plantar cara y mandarlos al diablo para acercar más a México hacia Latinoamérica o Europa.

Pero América Latina necesita tanta o más ayuda que México y Europa muestra serias grietas en su fachada humanista.

Para otros la solución sería plegarse a las demandas estadunidenses, sobre la base de la creciente integración socioeconómica.

Los dos caminos serían erróneos y la respuesta está entre los dos extremos. Pero cualquiera que sea el camino, la solidez de la política exterior será utópica si no hay, por lo menos, un consenso sobre el tipo de país que queremos y un gobierno que garantice el acatamiento de las leyes.

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