México y Estados Unidos: una complicada relación integrada

Ya no se puede apelar al discurso de la no intervención. No cuando hay tanto interés humano y tantos intereses socioeconómicos.

¿En qué medida puede buscar México quedar al margen de reclamos externos, principalmente estadunidenses, sobre cuestiones domésticas?

Ésa es una de las cuestiones más complicadas en una era en que México y Estados Unidos están cada vez más integrados social y económicamente, cuando hay una población que en términos reales tiene doble ciudadanía y no son raras las familias con ramas en los dos países.

Ya no se puede apelar al discurso de la no intervención. No cuando del lado mexicano, por ejemplo, hay tanto interés humano y tantos intereses socioeconómicos en la cuestión migratoria.

Es una situación que no es necesariamente nueva, pero que gracias a circunstancias como la comunicación instantánea pone sobre la mesa problemas nuevos.

Dos hechos pusieron de relieve la situación y su impacto en la relación bilateral.

Por un lado, una declaración de Hillary Rodham Clinton, precandidata demócrata a la Presidencia estadunidense, durante una entrevista con María Peña, del diario La Opinión de Los Ángeles, en torno al caso de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa.

Tanto la formulación de la pregunta como la respuesta son ilustrativas:

Peña: “Muchas personas en la comunidad mexicana en EU están molestas por el caso aún no resuelto de los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa. La gente cree que el gobierno mexicano no ha hecho lo suficiente para esclarecer lo que pasó, y sus familiares esperan su retorno a casa”.

Rodham Clinton: “No podría estar más de acuerdo; es algo indignante. Si yo estuviese en el gobierno mexicano, no estaría descansando hasta descubrir lo que pasó con esos 42 [sic] jóvenes. Su secuestro fue una terrible violación de la ley; es algo por lo que todos en México deberían unirse, para encontrar respuestas.  Si hubiese algo que EU podría hacer para ayudar, yo sería la primera en ofrecerlo. No puedo ni imaginarme la angustia que los padres y los familiares sienten”.

La respuesta causó cierta irritación y llevó incluso a demandas de no injerencia por parte de algún político de oposición, que literalmente evocó la no intervención.

Por su parte, el nuevo embajador de México en Estados Unidos, Carlos Sada, hizo saber de hecho que ahora los periódicos ataques que políticos estadunidenses lanzan contra México tendrán un costo.

Importante señalamiento y, de hecho, cuadra con la que se espera será una postura más agresiva de política exterior, simbolizada tanto por su nombramiento como por la designación de Paulo Carreño King como subsecretario para América del Norte.

Sada puede ser definido como un operador. Un hombre que ha trabajado por años con las comunidades mexicanas en Estados Unidos, tendido puentes con grupos latinos y conoce el qué hacer y cómo hacer en el trabajo político, en especial con el Congreso estadunidense.

Por eso no hay duda en cuanto a lo que quiere hacer. Sin embargo, el problema no está en las intenciones.

¿Cómo impedir a un ciudadano mexicano y estadunidense que recurra a las autoridades de uno u otro país para demandar resolución sobre algo en el otro? ¿Cómo enfrentar demandas de grupos mexico-estadunidenses sobre situaciones en México?

El gobierno mexicano en todo caso tendrá que hacer muchas cosas, desde dedicar recursos económicos serios a mejorar su imagen en el país vecino, a tomar acciones reales aquí para resolver demandas locales que tienen eco allá, a comenzar por derechos humanos, alto a la impunidad y respeto a la ley.

No va a ser fácil. Y ciertamente, no es algo que pueda resolver un solo embajador: tomará años y recursos.

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