“Los 43”, una incógnita permanentemente abierta

El problema de los normalistas de Ayotzinapa no es el único caso de desapariciones, pero es uno que se dio con tanta evidencia, con tanta brutalidad, y fue tan manipulado que se convirtió en una herida abierta.

El tema de los normalistas de Ayotzinapa desaparecidos hace ya más de año y medio sigue al frente de los obstáculos de la “marca México” , que tanto se esfuerza por construir el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto.

Y no sólo es un tema difícil, sino que es uno además en el que confluyen todas las percepciones negativas de una muy vocal parte de la población respecto al gobierno.

Desde un principio el gobierno cargó, correcta o incorrectamente, con el sambenito de responsabilidad en un hecho que fue, en realidad, una cuestión solventada por grupos delictivos apoyados por la autoridad local en Chilpancingo.

Y eso, además, en el estado de Guerrero, una de las zonas más conflictivas y complicadas de México.

Pero más allá...

Para empezar, la situación está ya tan enrevesada que si el gobierno tuvo responsabilidad directa o no ya no importa: para una gran parte de la opinión pública la tuvo. Y si las pruebas no están ahí tampoco interesa: en esta era de internet la gente tiene derecho no sólo a sus propias opiniones, sino también a sus propios hechos.

Pero eso refleja que, al menos, una parte de la población siente una enorme desconfianza hacia el gobierno y no cree ni en sus dichos ni en sus investigaciones.

Basta con que alguien con un mínimo de credibilidad –o sin ella, que con oponerse al gobierno basta– alegue contra la versión oficial para que sea considerada como verdad.

Y eso debe preocupar al gobierno y a los mexicanos. Cuando cualquiera tiene más credibilidad que el gobierno hay algo mal en el Estado; cuando lo que dice el gobierno es cuestionado y aquel no puede probar sus afirmaciones, el problema es serio.

No es porque el gobierno deba ser considerado como sinónimo de México, sino porque, a final de cuentas, debería haber una mayoría de la población con confianza en que el gobierno le dice la verdad y es confiable.

Pero al menos para una parte de la población, las percepciones parecen decir lo contrario. El problema de los normalistas de Ayotzinapa no es el único caso de desapariciones, pero es uno que se dio con tanta evidencia, con tanta brutalidad, y fue tan manipulado que se convirtió en una herida abierta.

Peor todavía, no parece haber una solución satisfactoria. Si las familias de “los 43” tienen un grado de razón en demandar la presentación de sus familiares, o al menos pruebas de su situación, el hecho también está en que la desconfianza en el gobierno, la sincera y la profesional, hace imposible tal comprobación.

El grupo de expertos internacionales no fue solución. De hecho, se convirtió en otro problema para el gobierno y su credibilidad y ahora es parte de una polémica.

La percepción sobre la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa es que, a querer o no, se trata de un símbolo de impunidad y de desinterés gubernamental. Y la verdad es que nunca se va a resolver porque nadie quiere creer una versión que no esté de acuerdo con lo que cada quien quiere creer.

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