México y Estados Unidos, una relación espinosa
Un pleito por drogas pierde de vista los intereses comunes de ambos países y lo mucho que pueden perder si no se actúa con frialdad.
Estados Unidos y México parecen estar, o entrar, en una de esas épocas de empujón y desa-cuerdo que cíclicamente caracterizan una relación siempre complicada, pero cada vez más amplia y más profunda.
Hace unos 20 años, en medio de un ciclo similar, el gobierno mexicano devolvió una veintena de viejos helicópteros UH-1H que el ejército estadunidense había “prestado” a las Fuerzas Armadas mexicanas.
Pero tanto el “préstamo” como la devolución reflejaron la profunda desconfianza entre las instituciones de los dos países, una que, a pesar de todos los pesares, no ha desaparecido.
En aquel momento, para los estadunidenses, las condiciones del envío reflejaron sus creencias sobre corrupción en el lado mexicano; para los mexicanos, las condiciones impuestas incrementaron su desconfianza con respecto a las intenciones estadunidenses de infiltrarse en México.
Ahora Estados Unidos decidió hacer un “corte” de cinco millones de dólares en la ayuda prevista por el Plan Mérida, como un simbólico llamado de atención sobre lo que se considera como un pobre historial de derechos humanos.
La aceptación de esa asistencia, en el marco de la Iniciativa Mérida, irritó a muchos tradicionalistas en México que la vieron como la fórmula de infiltración que siempre temieron. La instalación de centros de espionaje estadunidense en México, ostensiblemente para vigilar el narcotráfico, no contribuyó a crear confianza.
Ahora el retiro de fondos habla sobre otras preocupaciones.
The New York Times definió la situación como “un momento espinoso” en las relaciones bilaterales.
Tiene razón, tanto en cuanto a la condición de las relaciones como a la situación humanitaria en el país.
Pero no hay soluciones mágicas para una situación que ha tardado décadas en llegar a lo que es hoy ni para resolver los pendientes dejados por la esquizofrénica actitud con respecto a las drogas en Estados Unidos.
Para muchos mexicanos resulta hipócrita que Estados Unidos se queje de la guerra contra las drogas en México, cuando, en más de un sentido, es “su” bebé, resultado de “sus” presiones, su demanda y su consumo.
Son batallas libradas con armas estadunidenses en ambos lados y, al menos de un lado, con el dinero que llega de allá, poco o producto de sus vicios. Del otro, dicen diplomáticos, México pone nueve dólares por cada dólar estadunidense.
Se quejan, también, de que se trata de una guerra en la que, a cambio de unos cuantos dólares, México pone los muertos. Y, mientras, el impulso por la legalización de la mariguana gana terreno en el vecino país.
Un pleito por drogas pierde de vista los intereses comunes de ambos países y lo mucho que ambos pueden perder si no se actúa con frialdad.
Y, ciertamente, si Estados Unidos debe cuidarse de despertar desconfianzas atávicas, México no debe perder de vista que los temas de derechos humanos ya no son una cuestión doméstica o para mañana. Son un tema abierto hoy que no se resolverá ni se esconderá con meras poses antiyanquis.
