La desventaja de los republicanos

La frustración de ese sector incluye al aparato elegido de su partido, en especial en el Congreso y eso se refleja en los candidatos presidenciales.

La precampaña electoral republicana ha sido dominada y en alguna medida conformada por tres extraños al habitual rejuego político: Donald Trump, Ben Carson y Carly Fiorina.

De creer a analistas como el politólogo Larry Sabato, esa prominencia demuestra el cansancio, por no decir hartazgo, de una parte importante del electorado, al menos republicano.

Parte ciertamente se debe a la visibilidad del presidente Barack Obama: su mera presencia ha sido como la personificación de un país nuevo en el que minorías étnicas y liberales tienen mucho qué decir, opinar, aportar y disponer, frente a un electorado que siente nostalgia de lo que cree era Estados Unidos en 1950 o 1960.

De hecho, Jeet Heer, un editor cultural de la revista liberal The New Republic, afirmó que Trump, en especial, “es la voz del privilegio agraviado, de aquellos que están bien, pero se sienten amenazados por el cambio social desde abajo, sea en la forma de inmigrantes hispanos o mujeres engreídas”.

Pero, curiosamente, parte es, también, por lo que Sabato consideró como exageradas expectativas generadas por lo que los republicanos dijeron que harían con una mayoría en las dos cámaras del Congreso: un rechazo total a todas las propuestas de Obama, de la reforma sobre cuidado de salud a migración.

La frustración de ese sector de los republicanos incluye al aparato elegido de su partido, en especial en el Congreso, y eso se refleja en los candidatos presidenciales.

Sabato señala, por ejemplo, que ninguno de los tres punteros —Trump, Carson o Fiorina– ha tenido experiencia alguna en puestos electivos. Y eso encaja con la idea de que alguien puede ser brutalmente franco, controlar el mensaje y ser efectivo aún por encima de los aparatos políticos establecidos.

Pero la política no funciona así, en general, y en particular la estadunidense.

Ciertamente nada hay imposible, pero sí mucho improbable y, por lo que se ve, lo más probable es que ninguno de los tres llegue a la candidatura presidencial. Pero la expresión de descontento queda ahí.

Tradicionalmente el partido con más divisiones es el Demócrata. No es raro que tengan tres, cuatro o más aspirantes de cierta seriedad y que alguna vez, como en el caso de Bill Clinton, haya salido en literalmente de lo que en 1992 se veía como un muy secundario nivel político.

Los republicanos enfrentan la gradual degradación de una panoplia que el viernes tenía 15 aspirantes, luego de los abandonos de Rick Perry y de Scott Brown.

Tal vez esperen que se repita el milagro de Clinton. Pero si en 1992 las circunstancias del momento llevaron a su elección, hoy, sin embargo, no parece haber ni de lejos condiciones similares, y si los republicanos quieren ganar deberán buscar un candidato más tradicional y sí, actuar políticamente, lo que incluye buscar acercamientos con los grupos que desdeñan y aún confrontan Trump y el senador Ted Cruz, su alter ego político.

Pero la parte dominante entre los republicanos no parece dispuesta al diálogo ni a la tolerancia.

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