La razón y la sinrazón de la política actual

Por décadas ha habido una perturbadora tendencia: el creer a pie juntillas que los enemigos de Estados Unidos son automáticamente buenos y están en lo correcto.

La era internet exacerbó la idea de que la afinidad política o religiosa determina la razón, la honestidad o la condición de alguien en lo individual o un grupo en particular.

Es la idea de “si piensan como yo, están bien”; la credibilidad de unos u otros depende de su coincidencia con lo que yo/nosotros pensamos.

Pero no es nada nuevo. Simplemente, se ha acentuado por la rapidez y amplitud de los recursos de comunicación.

Así, por ejempo, por décadas ha habido una perturbadora tendencia: el creer a pie juntillas que los enemigos de Estados Unidos son automáticamente buenos y están en lo correcto.

O al contrario, las opiniones vertidas abierta o anónimamente por funcionarios estadunidenses o por grupos no gubernamentales son aceptadas como si fueran incontrovertibles.

Pero en todos los casos se olvida que los participantes en el debate, dentro y fuera de Estados Unidos, actúan políticamente y de acuerdo con sus intereses.

No es que todos los adversarios ni todas las críticas de la potencia hegemónica estén equivocados del todo o que los estadunidenses tengan la razón siempre. Eso es un absurdo.

El punto es, sin embargo, que el ser enemigo de la hegemonía estadunidense no hace necesariamente un héroe. De ser así, Pablo Escobar, el capo colombiano, podría ser parte del panteón de héroes latinoamericanos.

La oposición a la hegemonía estadunidense es necesaria, importante incluso. Pero ni están todos los que son, ni son todos los que están.

Más de un opositor lo hace para justificar sus desaciertos o acciones autoritarias cuando no tiránicas bajo el alegato de soberanía nacional.

De la misma forma, Estados Unidos tiene el megáfono para hacer escuchar sus opiniones, con una prensa que suele creerle cuando se trata de otros países, pero sus recomendaciones o sus opiniones “trascendidas” suelen ser sólo parte de debates internos en desarrollo.

Peor todavía, tampoco suelen considerar las condiciones o las posibilidades en otros países. Sólo apuestan al “debe” ser, de acuerdo con lo que “alguien” piensa en la potencia dominante.

Personajes demagógicos como Donald Trump tienen eco simplemente porque son “buena copia” o porque dicen lo que gusta a algunos en los medios o “venden”, aunque su futuro sea nulo en términos políticos.

Es un debate interminable. La potencia hegemónica siempre tendrá enemigos, pero eso no hace siempre correctos a sus desafiantes; los estadunidenses a su vez suelen equivocarse, porque opinan y actúan de acuerdo con sus necesidades de política doméstica.

Ésos son puntos a recordar: hasta un reloj descompuesto está correcto dos veces al día.

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