En política hay más de 50 tonos de gris

A reserva de mayores detalles que pudieran probar una participación de otro tipo, Lula da Silva no hizo nada que no hayan hecho y hacen otros gobiernos y gobernantes.

La reputación de Luiz Inácio Lula da Silva parecería afectada por el anuncio de que intervino en favor de una enorme empresa de construcción brasileña para la obtención de contratos internacionales.

Oderbercht es una de las mayores compañías constructoras brasileñas, y llegó a serlo en parte por la preferencia del gobierno para encargarle megaproyectos dentro y fuera del país.

El caso contra Odebrecht indica que Lula da Silva abogaba por la empresa en países a los que asistía a dar conferencias sobre desarrollo financiadas, ciertamente, por Odebrecht.

Y si, sobre apuesta, Lula abogó por ella durante y después de su gobierno. Nada bonito. Real.

Pero si castigan a Lula por esa intervención, bien podrían castigar a todo el gobierno brasileño —incluido el actual régimen y los anteriores— y de paso sus pretensiones de potencia.

A reserva de mayores detalles que pudieran probar una participación de otro tipo, Lula da Silva no hizo nada que no hayan hecho y hacen otros gobiernos y gobernantes, incluso el chino, el turco, el surcoreano, el ruso, el estadunidense, el francés, el británico, el alemán,

etcétera...

En otras palabras, una política de Estado para favorecer a sus empresas y que éstas, a su vez, no sólo acarreen ganancias al país de origen sino que ayuden a transformar, mejorar o mantener su imagen y su prestigio en los juegos de poder

internacional.

Es algo simple. El gobierno de tal o cual país, brasileño en este caso, anuncia que ayudará a la construcción de obras públicas en tal o cual otra nación. Es parte de la política exterior y además el tener un programa de ayuda internacional adorna a todo país con pretensiones.

Pero, para hacerlo, no usarán compañías establecidas en el país —o serán sólo complementarias— sino sus propias empresas, que en algunos casos llevarán sólo el personal de ingeniería y administración y, en otros,  hasta a los trabajadores.

Algunos países, como Estados Unidos, favorecen a sus empresas por ley: toda asistencia internacional que brinden será a través de establecimientos estadunidenses, con productos estadunidenses y hasta los vuelos necesarios serán a través de aerolíneas estadunidenses.

Los chinos tienen fama de llevar a veces hasta sus propias cuadrillas de trabajadores.

El impacto es positivo por cuanto la inversión es en buena medida aprovechada por el donante: expertos, experiencia, impuestos, ganancias empresariales, crecimiento económico. Y el receptor se beneficia a su vez de la obra.

No es bonito. Podría hasta calificarse como colusión o tráfico de influencias, como en el caso de Lula da Silva. Pero como el famoso libro erótico, en política hay más de 50 tonos de gris.

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