Comercio internacional... otra vez buenas intenciones

Es correcto buscar nuevos socios y diversificar el comercio. Pero a gustar o no, es imposible, indeseable, olvidar a los viejos, y menos a los que tienen tanto impacto en el país.

El presidente Enrique Peña Nieto realizó, la semana pasada, una visita a Europa, donde se pusieron de manifiesto, una vez más, las buenas intenciones —más que posibilidades reales— de diversificar el comercio internacional de México.

Ciertamente es una intención loable por muchas razones, si no por otra cosa, para hacer del país menos dependiente económicamente de un solo socio comercial.

La lección de las crisis económicas estadunidenses —incluso la de 2007/2008— está presente y lo que ocurre ahora en varios países sudamericanos, ante la caída de la demanda china, es otra razón para ser cautelosos y buscar nuevas asociaciones.

Pero, al mismo tiempo, tampoco se puede olvidar que la relación bilateral es enorme, intensa, compleja y de la mayor importancia. No sólo en lo comercial sino en lo financiero, lo cultural, lo político y lo social.

Pero recordemos que si hace 25 años México buscó un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, se debió a que Europa hizo caso omiso de las propuestas que el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari llevó a Davos en 1990.

Ignoremos si se quiere que el comercio bilateral supera los 500 mil millones de dólares anuales y se traduce en tanto como el 70 u 80 por ciento de los intercambios de México con el mundo.

Pero tal vez valga la pena recordar que en los 70 y 80 hubo intentos similares, porque la relación comercial de México con el mundo era de 70 u 80 por ciento con Estados Unidos. Y sigue así.

Dejemos de lado que la inversión estadunidense directa supera los cien mil millones de dólares.

Pasemos por alto que mucha de la inversión hecha por otros países en México se ha debido a su relación de libre comercio con Estados Unidos.

Tratemos de olvidar, si podemos, el impacto de la cultura estadunidense en México (y, ciertamente, el de la mexicana en Estados Unidos —que lo hay—) y no nos fijemos tampoco en el impacto político de medios y organismos no gubernamentales estadunidenses —y sus afiliadas mexicanas.

No nos fijemos en las remesas que los mexicanos en Estados Unidos envían a sus familiares en México, que en los últimos cinco años han superado consistentemente los 20 mil millones de dólares anuales —comparables a los ingresos petroleros o turísticos.

Simplemente recordemos que hay, tal vez, 11 millones de mexicanos, nacidos en México, como residentes legales o sin documentos en Estados Unidos, y que hay más de 20 millones de méxico-estadunidenses —descendientes de muchos que fueron expulsados del país por problemas de violencia o economía y con los cuales la sociedad mexicana tiene una deuda.

Y hay que subrayar que hay tres mil kilómetros de frontera común.

Es correcto buscar nuevos socios y diversificar el comercio. Pero, a gustar o no, es imposible, indeseable, olvidar a los viejos, y menos a los que tienen tanto impacto en el país.

Temas: