¿Y México? Nada que decir, ¿para qué?
La población de Corea del Sur está educada porque gobierno y empresas necesitan de esa población educada para mantener una economía moderna.
Los cuatro principios de la visión nacional sudcoreana son la revitalización económica, la felicidad del pueblo, enriquecimiento cultural y el establecimiento de bases para una reunificación pacífica con Corea del Norte.
Excepto el tema de reunificación, esos principios bien podrían ser los de la Estrategia de Seguridad Nacional de México, o de cualquier país para el caso.
Pero no lo son. Porque, al menos, en México no hay una estrategia de seguridad nacional, visión para el desarrollo y mucho menos una doctrina de política exterior.
El contraste entre los dos países, asociados ahora en el MIKTA (un grupo informal que une a México, Indonesia, Corea del Sur, Turquía y Australia) es feroz.
Corea del Sur es hoy un gigante industrial con una economía ligeramente superior a la de México en términos de tamaño, pero con la mitad de la población y la vigésima parte del territorio.
¡Ah!, y por cierto, además de exportar productos como automóviles y barcos, envía al mundo también electrónicos y tecnología.
Técnicamente todavía sigue enfrascada en una guerra con Corea del Norte, tras la división determinada por las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial y luego por el conflicto que entre 1950 y 1953 demolió buena parte de la infraestructura de las dos partes.
Hacia 1965 uno de los presidentes autoritarios de la nación, Park Chung-Hee, lanzó una política de desarrollo que incluía metas y verificaciones, así como un programa que puso a ciertas empresas, seleccionadas por los planificadores, bajo la protección y el auspicio oficial.
Contratos y protección del gobierno, favores fiscales, derechos monopólicos... Todo lo necesario.
Y si bien es posible —y sería correcto— subrayar los pecados de esos conglomerados que por más de 30 años han dominado la economía, la sociedad y el aparato político sudcoreanos, hoy su influencia va a la baja ante las demandas por transparencia y las exigencias de los propios sudcoreanos, cada vez más y mejor educados.
Pero, al mismo tiempo, el resultado de esa colaboración y la imposición de metas y exámenes de resultados está a la vista.
En 50 años, Corea del Sur pasó de ser una nación empobrecida a un país del primer mundo. Cierto, hubo ayuda estadunidense, autoritarismo, militarismo y, sin duda, uno o varios grados de corrupción política.
La población coreana está educada porque gobierno y empresas necesitan de esa población educada para mantener una economía moderna. La democracia coreana, imperfecta como cualquier democracia, es cada día más sólida y más responsiva a sus ciudadanos.
¿Y México?
Nada que decir. ¿Para qué?
