“Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes...”
Países enteros fueron creados; regiones integrales y los grupos étnicos que las habitaban fueron divididas al golpe de un lápiz y una regla. Sociedades completas fueron fragmentadas.
Hace poco menos de 100 años, al final de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña y Francia se dividieron Oriente Medio y África sin más consideración que sus intereses coloniales.
Países enteros fueron creados; regiones integrales y los grupos étnicos que las habitaban fueron divididas al golpe de un lápiz y una regla. Sociedades completas fueron fragmentadas.
Todo en nombre de la civilización, por supuesto. La carga del hombre blanco, como diría Rudyard Kipling, el poeta colonial británico.
Pero contra lo que afirma el famoso poeta imperial, con más frecuencia que no, las potencias coloniales enviaron no a sus mejores hombres, sino aventureros sin escrúpulos deseosos de riqueza fácil. Como todos los conquistadores.
Hoy se cosechan las semillas puestas entonces.
Si en África los últimos 50 años han sido la historia de conflictos étnicos entre tribus arbitrariamente divididas y arrojadas a compartir territorio con otras tribus igualmente parceladas, en Oriente Medio y la llamada Asia menor —que va de las costas del Mediterráneo y el Mar Negro a Afganistán, Irán y la Península Arábiga— las divisiones religiosas y sociales parecen comenzar a desmadejar algunas sociedades.
Puede alegarse que la ocupación colonial llevó civilización, ferrocarriles, carreteras y modernización a las regiones ocupadas y los diferentes países que inventaron ingleses y franceses.
Pero también que si la idea fue llevar la cultura occidental, el resultado no fue el deseado, por decir lo menos.
En todo caso, en algunos casos quedó sólo una capa entre lo que ahora se consideran como las élites educadas en los diferentes países, aquellas que piden la ayuda de la Legión Extranjera francesa en ex-colonias que no acaban de serlo, buscan la iluminación anglosajona o donde los caudillos religioso-políticos aprovechan sociedades aún divididas en clanes para proclamar guerras religiosas.
A principios del siglo XIX otro poeta inglés, Percy Shelley, escribió Ozymandias, un breve poema que dice mucho...
Conocí a un viajero de una tierra antigua/
que dijo: ‘dos enormes piernas pétreas, sin su tronco/
se yerguen en el desierto. A su lado, en la arena,/
semihundido, yace un rostro hecho pedazos, cuyo ceño/
y mueca en la boca, y desdén de frío dominio,/
cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones/
las cuales aún sobreviven, grabadas en estos inertes objetos,/
a las manos que las tallaron y al corazón que las alimentó.
Y en el pedestal se leen estas palabras:/
“Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:/
¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!’/
Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia/
de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas/
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas”.
