¿México merece la reputación que tiene? ¿A quién se la debemos?

Parte del sentimiento de autojustificación de toda población expansionista es sentirse superior a los pueblos desplazados.

Hace algunos años, cuando era corresponsal de un diario mexicano en Washington y venía periódicamente a México, una de las primeras preguntas era siempre “¿qué dicen de nosotros?”.

La respuesta nunca era fácil. Si contaba que por cualquier razón había una opinión positiva, el comentario se refería a las capacidades mentales de los estadunidenses y su gobierno; si relataba que la opinión era mala había dudas sobre la decencia de los analistas estadunidenses.

Tal vez las reacciones a las respuestas eran una seña de lo que cada quien pensaba respecto al gobierno en turno, como ahora lo son lo que dicen medios internacionales respecto al gobierno de Enrique Peña Nieto. Para muchos, si los comentarios son de condena refrendan su propia opinión, y si no, son resultado de la miopía del periodista o del medio.

El punto, sin embargo, no era descaminado y viene a colación porque recientemente Internacionalistas, la revista de los jóvenes miembros del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales, (Comexi), dedicó su foco a la imagen de México en el exterior y concluyó que Estados Unidos es en buena parte responsable de la mala imagen.

México es vecino del mayor productor de contenidos del mundo, un fabricante de mitos que ya hace 200 años cautivaba el imaginario popular en Europa y Asia, sea por la promesa de nuevos inicios, del exito en la tierra de las oportunidades o las falsas expectativas de aventura y aún los personajes cuasi-mitológicos creados por Ned Buntline y sus seguidores en los folletines de diez centavos, de Buffalo Bill a Bat Masterson, sin olvidar a Wyatt Earp.

La imagen de México pasa pues por los creadores de la cultura popular estadunidense y sus necesidades. Y en ese marco, parte del sentimiento de autojustificación de toda población expansionista, como lo era Estados Unidos en el siglo XIX, es sentirse superior a los pueblos o pobladores desplazados. No habría más que recordar algunos de los editoriales de la prensa estadunidense antes y durante la Guerra de 1847 contra México.

Las cosas han cambiado. Hoy Estados Unidos no es territorialmente imperial. A cambio, de acuerdo con la revista Internacionalistas del Comexi, puede alegarse que la cultura estadunidense se mide contra la de otros, especialmente sus vecinos y México resulta útil porque abona su sentimiento de superioridad.

No es raro. De hecho, en el imaginario popular mexicano y latinoamericano, todavía muchos consideran “tontos” a los “gringos”. La opinión de los diversos países europeos sobre sus vecinos no era —o es— exactamente halagadora.

De acuerdo con un resumen hecho por Pamela Starr, una catedrática de la Universidad del Sur de California y creadora de una red de comunicación entre interesados de los dos países en la relación bilateral, “los autores argumentan que las élites de Estados Unidos tienen un interés en retratar a México (y al resto de América Latina) como “actores menores en el escenario internacional” para justificar su dominio y mantener su libertad de acción en la región”.

Además, continúa Starr, “se dice que la cultura de Estados Unidos para medirse en relación con sus vecinos que hacen una imagen negativa de México “útil para la mente americana porque recuerda a los estadunidenses de la manera civilizada que son”. Y luego, dado que los medios de comunicación de Estados Unidos tienen la voz más fuerte en el planeta (y ya que presta más atención a México que los medios de comunicación en Europa o Asia), la imagen de Estados Unidos de México se ha internacionalizado”.

Y muchos mexicanos la usamos para reconfirmar nuestras propias opiniones sobre nosotros mismos.

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