“Dos puntas tiene el camino y en las dos alguien me aguarda...”

Ni siquiera el famoso reino ermitaño de Kim Jong-Un está al margen de lo que sucede en otros países.

La memorable y vetusta cueca chilena esconde sin querer una realidad brutal: en este mundo nuestro ya no llegamos solos a lado alguno y nuestras acciones nos acompañan o tienen efecto sobre alguien más, a unos metros o a miles de kilómetros.

En un mundo ideal, o al menos tanto como quisieran verlo aquellos que todavía creen que se puede regresar el reloj a las épocas en que un país tenía que esperar largo tiempo para ver el efecto internacional de sus acciones, las repercusiones podían tardar años.

Pero ahora, en este mundo de lo inmediato...

En el planeta en el que vivimos, ni siquiera el famoso reino ermitaño de Kim Jong-Un está al margen de lo que sucede en otros países. Y México, un país que hace 20 años abrazó la globalización entre expectante y temeroso, se encuentra si no en el centro, sí en los márgenes internos de la corriente globalizadora.

En gran medida la responsabilidad es geográfica y no sólo en razón, aunque mucho lo sea, de la vecindad inmediata con Estados Unidos.

Esa cercanía con Estados Unidos nos da un papel geopolítico que no sólo tiene dos puntas, sino dos filos: las mismas razones que hacen importante a México lo hacen un blanco; las ventajas de la proximidad son también los problemas del contagio económico; la seguridad del vecino se convierte en parte de la nuestra. Nuestra gobernabilidad se convierte en un tema de interés para el vecino.

Y eso sin contar con la integración social y económica que ocurre entre las dos naciones.

De hecho, tal vez la tercera parte de los mexicanos tiene un pariente próximo, o de relativa cercanía, en Estados Unidos. Millones de mexicanos dependen de las remesas para evitar la pobreza absoluta.

Y esa realidad social califica en mucho nuestros vínculos internacionales. Con los vecinos del norte, la doble nacionalidad ya no es una deshonra sino una ventaja. Pero esa situación, esos 10 u 11 millones de residentes—legales e indocumentados— estadunidenses nacidos en México, sumados a los 16 o 20 millones de méxicoestadunidenses son también una obligación, un problema, una ventaja.

La complicación es mayor. Padecemos desde un racismo combinado con clasismo a una identidad multipolar en la que conviven un México metido de lleno en el siglo XXI, frecuentemente con caracteres europeizantes, incorporado a la globalización y las corrientes sociales y culturales; otro que desearía mantener formas ideológicas y sociopolíticas del siglo XX y un tercero que no acaba de salir del siglo XIX.

El México del siglo XXI entiende su entorno de manera distinta que el del siglo XIX o el del siglo XX y la convivencia no es fácil: el México político del siglo XX no sabe cómo responder a las formulaciones de la sociedad civil y la comunicación instantánea, mientras que el del siglo XIX está cada vez más enojado por sentirse abandonado, y el del siglo XXI siente a su vez una creciente irritación con el lastre representado por los otros.

Puede no gustarnos, pero lo que pase aquí tiene complicaciones en otros lados, y lo que sucede en esos otros sitios tiene impacto en nuestra tierra. Y de esto tratará esta columna.

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