Rehenes del miedo

Las cifras dicen una cosa, pero los ciudadanos percibimos otra… y, en la vida cotidiana, percepción es realidad, estadísticas aparte.

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José Cárdenas 30/01/2014 02:02
Rehenes del miedo

Cuando el Gobierno del DF dio a conocer el asalto al secretario del Trabajo, Alfonso Navarrete Prida, los medios de comunicación privilegiamos el morbo.

El atraco en sí nos valió madre; la nota, lo trascendente, lo vendedor, era el valor del reloj hurtado: que si cuesta 300 mil pesos, que si nomás 90 mil, que si se lo regaló su padre, que si el funcionario fue atracado por presuntuoso, que si la joya era de oro, que si la envidia fuera tiña… y por ahí, con coraje, le cargamos todas las pulgas a la víctima sólo por ser un abominable hombre las nieves del poder…

La frivolidad venció una vez más a lo relevante, cuando lo escandaloso es el atraco en sí… uno más entre miles y miles.

Luego nos enteramos que los rateros siguieron a Navarrete Prida durante 13 minutos —desde Las Lomas hasta Polanco— y lo atacaron a plena luz del día, a las puertas de una elegante plaza comercial. Los hampones actuaron sin prisa ni pausa; cumplieron su objetivo y se fueron como llegaron. Impunidad pura y dura.

Si eso le ocurre a un secretario de Estado, ¿qué podemos esperar el común de los mortales? La nota, en el fondo, nos mete más miedo.

Según el GDF, la delincuencia va a la baja. Las cifras del Consejo Ciudadano de Seguridad Pública, encabezado por Luis Wertman, muestran una reducción de 12% en los delitos; los capitalinos tenemos la policía más numerosa de todo el país —un uniformado por cada mil habitantes—; un mundo de 13 mil cámaras nos vigila —serán 20 mil en los próximos meses— y aun así nos sentimos inseguros.

Para el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, sólo se trata de un problema de percepción.

Cierto. Las cifras dicen una cosa, pero los ciudadanos percibimos otra… y en la vida cotidiana —aquí y en China—, percepción es realidad, estadísticas aparte.

Al atracarnos, la delincuencia hurta también nuestra  confianza; nos humilla. Queda claro: ellos pueden más, aunque sean mucho menos.

Ahora resulta que vestir buena ropa, usar smartphone, poseer un vehículo nuevo o un reloj más o menos “regularzón”, es una provocación del delito. “Hombres necios que acusáis al ladrón sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis”, diría sor Juana si viviera en esta ciudad con (Miguel) Ángel.

Ahorrar, hacer sacrificios, trabajar para cumplir nuestros deseos materiales termina por convertirnos en cómplices de nuestros victimarios… nadie nos robaría si no provocáramos la tentación de los rateros. Toda la culpa es nuestra, pues.

Nos cuidamos como podemos. Las tienditas de barrio siguen enrejadas; cientos de calles cerradas por temor a los asaltos; quien puede blinda su vehículo, contrata guaruras y paga por su seguridad. Ricos y no tanto ricos tenemos nuestras propias “autodefensas”, porque somos rehenes del miedo.

Pero vivir con miedo no debería ser costumbre.

No se entiende el robo al secretario del Trabajo o miles de otros delitos cometidos a plena luz del día, todos los días, sin la corrupción cómplice de policías con ladrones. Ese es el fondo… lo de menos es el reloj que ya no marcará las horas, al menos para el maestro Navarrete.

                Twitter: @JoseCardenas1

                www.josecardenas.com.mx

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