Michoacán, en sangriento combate

Decirlo así es inevitable, aunque al gobierno le moleste escucharlo un día sí y otro también. Sin remedio, Michoacán es un Estado fallido. Tal vez ahora el sermón del obispo de Apatzingán se escuche más fuerte y más lejos que las voces de las víctimas, ahogadas ...

Decirlo así es inevitable, aunque al gobierno le moleste escucharlo un día sí y otro también.

Sin remedio, Michoacán es un Estado fallido.

Tal vez ahora el sermón del obispo de Apatzingán se escuche más fuerte y más lejos que las voces de las víctimas, ahogadas por el desasosiego.

Aun a riesgo de su vida, el padre Miguel Patiño Velázquez habló el domingo pasado —con la autoridad del púlpito— de los muertos por la violencia criminal. Quince días antes escribió una carta —radiografía fulminante— para reclamar ausencia de ley y justicia; denunciar inseguridad, miedo, tristeza, ira, desconfianza, rivalidad, indiferencia, muerte y opresión.

La letra está escrita con la sangre de 920 asesinados, 280 levantados, 42 secuestrados, 238 desaparecidos, tres mil familias desplazadas… y mil 200 despojados de sus tierras.

La carta contundente de monseñor Patiño es más sal sobre una herida infectada por indolencia, corrupción, complicidad y simulación; muestra la ineficacia de los métodos de inteligencia del Estado mexicano para diagnosticar y aliviar la gravedad de una entidad enferma.

Michoacán es tierra de nadie… y tierra de todos, por eso duele.

Templarios, Zetas, La Familia y el cártel de Jalisco Nueva Generación, se disputan el botín; Michoacán es capital del crimen nacional.

Narcotráfico, extorsión, secuestro, contrabando, lavado de dinero y cobro de tributos ocurren a plena luz, en las narices de las fuerzas federales, con la complicidad de funcionarios y policías locales sometidos o coludidos con los criminales… regidos por la única ley respetable en esas tierras, la ley de plata o plomo.

Monseñor Patiño, ausente por un oportuno retiro en San Juan de los Lagos, no se acobarda. Cuestiona la ineficacia de los operativos castrenses, la falta de capturas y la ausencia de golpes sólidos a las cabezas de las bandas criminales. No se explica cómo las fuerzas federales no atinan a dar con los delincuentes, cuando civiles comunes y corrientes saben bien dónde, cuándo y cómo operan.

Por eso resulta difícil creer otra vez en la eficacia del nuevo despliegue militar anunciado por el gobierno federal.

Según Gobernación se trata —¿ahora sí?— de golpear a las bandas donde más les duele.

El secretario Miguel Ángel Osorio Chong anuncia: “El gobierno ha pasado de un enfoque policiaco a uno de seguridad ciudadana, donde lo primordial es la prevención, contención y combate a la delincuencia (…) se han venido tomando acciones para devolver el territorio y los caminos a la sociedad”… y promete: “al igual que a Tamaulipas, a Michoacán se le regresará la paz”. (¿?)

PURGATORIO: La carta del obispo disgustó al crimen organizado; ¿y al gobierno también? Los curas de la catedral han recibido cinco amenazas. Al obispo Patiño le mandaron 40 policías federales para acompañar su salida de ese infierno. Desde hace un año, la diócesis de Apatzingán —integrada por 27 parroquias de la Sierra Madre del Sur y Tierra Caliente— lleva un registro privado que semanalmente envía al cardenal Karl Josef Becker, en el Vaticano. Los casos son reportados por los creyentes, vía teléfono, mail o información verbal… y cada semana es el mismo cuento; el cuento de nunca acabar.

                Twitter: @JoseCardenas1

                josecardenas.com.mx

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