#MeToo México ¿continuará?

• ¿Vale creer todas las denuncias o cómo evitar los errores así se vean como daño colateral?

La conmoción que en pocos días levantó el movimiento #MeToo México es otra alerta de la magnitud e intensidad de la realidad soterrada de la violencia de género como grave problema de convivencia en el país. La denuncia anónima de muchos casos no lleva a los tribunales, pero visibiliza un problema que, de lo contrario, permanece enquistado en la sociedad. La perturbación, sin embargo, ha sido tan fuerte que a su irrupción pública sigue la pregunta de si debe continuar la estrategia de hacer visible lo que no puede verse a simple vista, en el poderoso dazibao de las redes.

La pregunta puede ser artificial porque dependerá de la decisión de las mujeres, que dijeron un hasta aquí al acoso y abuso sexual en un país cuyas instituciones no sobrepasan lo políticamente correcto y la justicia es aún inútil para atajarlo. Donde más de 4.5 millones de menores son víctimas de abuso sexual, según la OCDE, aunque sólo se denuncia 1 de cada 100 casos. Del que hay más sentencias por violencia de género en organismos internacionales, pero casi la mitad de sus funcionarios desconocen los tratados de derechos humanos. Tampoco la sociedad en general, e incluso muchas mujeres que lo combaten en público y normalizan la violencia en su casa, familia o en el trabajo. 

Un pronóstico es que el #MeToo mexicano es un primer paso y seguirá por la necesidad de las denuncias en diversos ámbitos. Por lo demás, las redes no son controlables y son potentes instrumentos de denuncia pública, aun con sus peligros de linchamiento.

Si así fuese, el movimiento tendrá que remover dos obstáculos. El primero tiene que ver con que las imputaciones tocan la convivencia porque exhiben a personas conocidas, con las que se vive en compañía y se comparten espacios cotidianos. La exhibición ha sido dolorosa y lacerante para los denunciados, pero también para las víctimas. Las múltiples violencias en el país disponen a la confrontación más que a la reflexión sobre estas problemáticas, sin atinarse a ver propuestas de salida, formas y maneras de contenerla, especialmente los extremos de la misógina en el feminicidio. El otro escollo es la denuncia anónima y la estigmatización social para el presunto agresor por el riesgo del abuso. El suicidio del músico de Botellita de Jerez, Armando Vega Gil, tras ser denunciado por abuso de una menor. supuso un parón al movimiento, pero no creo que el golpe sea fatal. Se invitó a entrar a escena al Presidente y a las instituciones con advertencias sobre la importancia del debido proceso y los derechos humanos, aunque con la poca autoridad que implica la impunidad en estos y casi todos los delitos.

La denuncia anónima debate el reconocimiento de la buena fe de la víctima y la presunción de inocencia del acusado como garantías de justicia, en un contexto histórico de inequidad para las mujeres. La cuestión es ¿si escoger visibilizar la problemática justifica injusticias? Se calcula que sólo 2% de las denuncias es falsa, pero la impunidad lo hace un pálido estimado. Si sólo fuera esa ínfima parte, ¿vale creer todas las denuncias o cómo evitar los errores así se vean como daño colateral? De la respuesta depende su continuidad.

Por lo pronto, vale recordar que es la ineficacia del sistema de justicia la principal justificación de la denuncia en redes. También que es difícil pensar que la necesidad de visibilizar una problemática tan grave pudiera darse con una tersa sacudida para comenzar a cambiar.

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