El obispo de los narcos
El obispo de Chilpancingo, Salvador Rangel Mendoza, sigue en su ruta de confluencia con los jefes del narcotráfico en la entidad. Ahora asegura que se reunió con ellos y que le aseguraron que no matarán a ningún candidato o líder partidista, siempre y cuando “no haya ...

Jorge Fernández Menéndez
Razones
El obispo de Chilpancingo, Salvador Rangel Mendoza, sigue en su ruta de confluencia con los jefes del narcotráfico en la entidad. Ahora asegura que se reunió con ellos y que le aseguraron que no matarán a ningún candidato o líder partidista, siempre y cuando “no haya compra del voto” y que los ganadores de los comicios “cumplan sus compromisos de campaña”. Y al obispo le parece una noticia tan buena que la da a conocer con bombos y platillos. Dice, también, que por lo menos tres líderes del narcotráfico en la entidad le aseguraron que ellos “son narcotraficantes, pero no sicarios”, (sic) y asegura que entre ellos “hay gente de buena voluntad”.
Lo está asegurando el obispo en uno de los estados más violentos del país, donde esos cárteles, que dice que están encabezados por personas de “buena voluntad” y que no se reconocen como sicarios, han matado, sólo en lo que va de este año, a más de 400 personas, incluyendo dos sacerdotes de su propia diócesis.
Pero, como decíamos en este espacio apenas el 22 de febrero pasado, todo es posible cuando se ve al obispo de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel Mendoza, de la mano con los narcotraficantes, oficiando misas para ellos y justificando sus acciones al tiempo que denuncia a las fuerzas de seguridad. Para el obispo Rangel, “Guerrero está en manos del narcotráfico. Hay un gobierno oficial, pero yo creo que ordenan las cosas otras personas. Yo incluso me atrevo a decir que esas personas (o sea los narcos) me hablan de una supermafia arriba y ése es el peligro que corremos… arriba de las cosas locales, usted sabe, hay grupos internacionales”.
El obispo acepta haberse reunido en varias ocasiones con los líderes de los grupos más fuertes del narcotráfico en su entidad, porque ellos, dice, “le piden su intervención para ponerse de acuerdo en cuanto a su forma de trabajar” o sea, es mediador, como un virtual padrino entre los cárteles. Cuando esos acuerdos son quebrantados por alguno de los grupos es cuando, dice, se genera la violencia.
Hace apenas un mes y medio contábamos aquí cómo fueron asesinados dos sacerdotes de su diócesis cuando venían de una fiesta con narcotraficantes (del cártel de Los Ardillos), donde se exhibieron incluso con las armas de fuego de los narcos. El obispo Rangel aceptó que el padre Germaín, uno de los asesinados, sí se tomó fotos con las armas y los delincuentes, pero “esto no quiere decir que el padre estuviera coludido con la delincuencia organizada”. Dijo que como tenía que oficiar misas donde operan los criminales, “de tanto ir y venir se hizo amigo de ellos”.
La amistad llega hasta el obispo, que la agradece públicamente. Los Ardillos, en su tierra, en Tanicuilco, municipio de Quechultenango, como se puede ver en redes, le regalaron en diciembre pasado un báculo y un pectoral de plata, así como un anillo con piedras preciosas. En reciprocidad, el obispo les ofició una misa.
Las relaciones de Los Ardillos son muchas, en Guerrero y en Morelos. Los hermanos Iván, Pedro Antonio y Celso Ortega Jiménez son los líderes de la organización criminal: controlan Chilapa, Mochitlán, Quechultenango, Tixtla, Zitlala, Ahuacuotzingo y Acatepec en Guerrero. Un cuarto hermano, Bernardo Ortega Jiménez, es candidato por el PRD en el distrito 24, y antes fue presidente municipal de Quechultenango, diputado local y nada menos que presidente de la comisión de gobierno del congreso del estado en la pasada legislatura local. Son un cártel con fuertes intereses políticos en Guerrero y en Morelos.
Originalmente eran parte de los Beltrán Leyva y luego de los Rojos, pero rompieron con éstos y se acercaron a los Guerreros Unidos, los mismos que mataron a los estudiantes de Ayotzinapa. Se dedican, además del narcotráfico, al asalto de camiones repartidores de cerveza, pan, refrescos, a las extorsiones y robos. Actualmente controlan buena parte de la producción de amapola en La Montaña, aliados con los sucesores de los Beltrán Leyva.
Por cierto, el obispo Rangel, antes lo fue de Huejutla, Hidalgo, tierra de Los Zetas en su momento. Allí el obispo Rangel está imputado por encubrir al sacerdote Reinaldo Chávez, acusado a su vez de la violación de una niña de 14 años. La causa penal en la que se lo acusa de encubrimiento es la 15/HUE/CAVI/104/2008.
El obispo Rangel, mientras tanto, sigue negociando nada menos que la vida y la muerte de su gente con los narcotraficantes que tienen asolada su diócesis.
El debate patrimonial
Jugó una buena carta José Antonio Meade al proponer un debate sobre los ingresos y el patrimonio de los candidatos presidenciales. Claro que ni Ricardo Anaya ni López Obrador lo iban a aceptar. Quién sabe si alguno de los dos saldría bien librado del mismo. Pero es un camino que no tendría que abandonar Meade si quiere mostrar realmente porqué es diferente a sus rivales.
Por cierto, habla muy bien de Margarita Zavala (y de Felipe Calderón) haber aceptado ese debate en forma inmediata. No sé cuántas familias de un expresidente de la República estarían en condiciones de exhibir plenamente cómo y de qué viven, y cuál es su patrimonio.