Un salario y un círculo vicioso

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Jorge Fernández Menéndez 21/08/2014 01:11
Un salario y un círculo vicioso

El debate sobre el salario mínimo debería ir más allá de encuestas de popularidad y manejos políticos, aunque el tema, sin duda, sea parte de ambos fenómenos. El hecho es que a todas luces es imposible vivir dignamente con un salario de 67 pesos diarios. Ese debería ser el inicio de cualquier debate serio sobre el tema, incluyendo empresarios, gobernantes, sindicalistas.

Por otra parte, se asegura con razón, y el secretario de Hacienda, Luis Videgaray es enfático al respecto, que el futuro de la economía mexicana pasa por hacer crecer la productividad. Ambas cosas: productividad y salario no deberían estar peleadas. Pero ambas significan cosas diferentes en los dos Méxicos que conviven en nuestro país. Ahí está la base de la profunda desigualdad en la que vivimos.

Reseñaba hace unos meses Jorge G. Castañeda el informe de McKinsey Global Institute A Tale of Two Mexicos: Growth and Prosperity in a Two-Speed Economy, que establece algunos puntos fundamentales para entender ese México de dos velocidades: entre 1990 y 2012 la tasa de crecimiento del PIB per cápita mexicano ha sido inferior a la de otros países: 1.3%, casi idéntico al de Estados Unidos, ligeramente inferior al de Brasil (1.6%) y muy inferior al de Chile, China, Perú, Colombia y la India. Según el McKinsey Global Institute, eso es consecuencia del menor crecimiento de la productividad promedio mexicana de entre todas las 20 economías en desarrollo más grandes del mundo.

El estudio sostiene que la productividad agregada de México es una cuarte parte de la de Estados Unidos, lo cual significa, dice el estudio y reseña Castañeda, que la modesta expansión de la economía mexicana durante los últimos 22 años proviene casi en su totalidad de la llegada de nuevos trabajadores al mercado laboral. Pero 91% del crecimiento del PIB chino provino de un incremento de la productividad del trabajo: 67% en la India, 50% en Chile, 40% en Brasil, y sólo 28% en México. Concluye el McKinsey Global Institute: “si se perpetuara el mismo nivel de crecimiento de la productividad, México se encaminaría a una tasa de crecimiento anual de largo plazo de apenas 2% al año (o sea la actual), al disminuir la llegada de nuevos trabajadores a la economía. La productividad tendría que crecer al doble, sólo para conservar en los próximos años el mismo crecimiento del PIB”.

Pero resulta que México tiene dos realidades en el terreno de la productividad. Por ejemplo, el estudio destaca que México es uno de los grandes exportadores de vehículos en el mundo. Según el McKinsey Global Institute: “En promedio, la productividad mexicana alcanza a 80% de la de Estados Unidos en ese sector”. Pero los pequeños productores de autopartes que contribuyen con 60% de la producción automotriz tienen menos de diez empleados y una productividad mucho más baja. “Estos pequeños operadores, dice el estudio, contribuyen con 40% del empleo en el sector; por tanto, el trabajador automotriz mexicano promedio produce sólo la quinta parte por hora que su homólogo estadunidense”.

Ahora bien, la pregunta es por qué es tan baja la productividad. Los factores son múltiples, pero hay quienes piensan que precisamente en ese México de dos velocidades, la baja productividad se inscribe en el círculo vicioso que determina el bajo crecimiento: para impulsar la productividad se debe buscar crecer más porque es el bajo crecimiento el que impide ser más productivos y no al revés. Ahora bien, si, como dice el informe McKinsey, el bajo crecimiento promedio de México se debe a la simple incorporación de nueva mano de obra, sería pertinente pensar que activar el crecimiento desde el ámbito gubernamental y privado es fundamental para romper el círculo vicioso e impulsar la productividad.

En ese sentido, resulta obvio que hay que trabajar para reducir cada día más al México que vive en la premodernidad y/o la informalidad, y eso sólo se logrará apoyando, consciente e intensamente al que sí es productivo. El problema es que ese México que sí vive en la formalidad es castigado en todos los sentidos, desde el fiscal hasta el laboral.

El tema del aumento al salario mínimo puede operar en muchos sentidos para romper estos esquemas: puede generar mayores recursos, puede activar crecimiento y puede ayudar a emparejar ese México premoderno en términos productivos con el que ha entrado ya en la modernidad, también salarial. Pero hay dos cosas que no pueden olvidarse al respecto. Primero: estos no son temas que puedan llevarse a una consulta popular; es absurdo. Y segundo: que deben ser parte de un andamiaje de medidas que permitan aumentar los salarios de los más rezagados, mejorar las condiciones laborales de los trabajadores, pero también de las empresas, y trabajar sobre las inversiones públicas, las políticas social y fiscal para crear condiciones que acerquen entre sí a esos dos México que viven en un mismo territorio pero en dos países diferentes.

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