El PRD ante AMLO: ¿ser o deber ser?

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Jorge Fernández Menéndez 11/07/2014 02:11
El PRD ante AMLO:  ¿ser o deber ser?

A partir del primero de agosto próximo, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) será legalmente partido, tendrá acceso a prerrogativas públicas (desde recursos hasta espacios en radio y televisión) y podrá participar en las elecciones intermedias de 2015. Como dijo ayer Jorge Alcocer, ésta es una muy buena noticia para su líder, Andrés Manuel López Obrador, y es una muy mala noticia para la izquierda mexicana.

Es una buena noticia para Andrés Manuel porque logra, al fin, tener un partido donde no tiene contrapesos: es el líder, el que decide, el que otorga o quita candidaturas y no tiene que darle explicaciones a nadie, ni nadie se las demanda. En el PRD llegó a imponer incluso a presidentes partidarios y logró deshacerse de muchos de sus adversarios, sacándolos del partido o enviándolos al ostracismo, pero nunca había tenido un margen absoluto de decisión como tendrá ahora en Morena. Es lo que quiere y necesita por una sencilla razón: el de López Obrador es un liderazgo absoluto y en buena medida, y en el mejor sentido de la palabra, mesiánico. No le gusta que lo comparen con Chávez o con Fidel porque este tipo de líder no quiere que lo comparen con nadie, se consideran únicos. Y de alguna forma lo son, incluso por eso, más allá de que se definan de derecha o izquierda, en realidad ellos mismos sintetizan su línea e ideología: y tiene AMLO un perfil similar a Chávez o Castro, pero también a caudillos como Perón o Getúlio Vargas. No son hombres de partido, sus partidos, en todos los casos,  giran en torno a ellos. La única definición necesaria es la lealtad y ésta se establece por la incondicionalidad.

La izquierda mexicana trabajó en un sentido contrario, cuando López Obrador obviamente no era ni pensaba ser parte de ella, desde los años 60. El viejo Partido Comunista, sobre todo durante el periodo de Arnoldo Martínez Verdugo, buscó acercarse a otras fuerzas de izquierda, así se formó primero el PSUM, luego el PMS, y ante la irrupción del cardenismo en 1988, primero resignó la candidatura de Heberto Castillo para fortalecer la de Cuauhtémoc Cárdenas, y luego todos esos grupos se fusionaron en el PRD. En esos primeros años, el propio Cuauhtémoc quiso hacer girar las decisiones del partido en torno suyo. Quienes discreparon con esa línea política abandonaron el PRD,  y José Woldenberg, Gilberto Rincón Gallardo, Alcocer y muchos más simplemente se fueron. Pero incluso así, Cárdenas tuvo clara la necesidad de contar con un partido y de aceptar, aunque fuera a regañadientes, la disidencia interna. Paradójicamente, López Obrador nació y creció en el PRD prohijado por Cárdenas. Y así llegó a la candidatura a Tabasco, a la presidencia del partido y más tarde a la candidatura al DF en 2000, aunque no cumplía con los requisitos de residencia para ocupar esa responsabilidad. Fue denunciado por sus propios compañeros de partido, pero un acuerdo con la administración  Zedillo le abrió la puerta para serlo. Creo que pensaron que así dividirían el voto antiPRI. El resultado todos los recordamos.

Lo cierto es que desde entonces, López Obrador monopolizó el PRD. Pero no lo pudo controlar por completo. Pasada la elección de 2012 confirmó la ruptura que todos asumían y se lanzó a formar Morena, con sus incondicionales, a los que espera sumar junto con todos los que terminen abandonando el PRD, y más temprano que tarde con los del PT y de Movimiento Ciudadano (aunque los de Dante Delgado creo que seguirán jugando sus propias cartas, por lo menos en el corto plazo, sobre todo si se confirma la incorporación de Marcelo Ebrard y los suyos, a ese partido).

Lo cierto es que la llamada izquierda (porque no pertenecen en esa corriente ni todos los que son ni todos los que están) irá a las elecciones del 7 de junio próximo con, por lo menos, cuatro fuerzas diferentes: el PRD, Morena, PT y MC. Todos con sus propios candidatos. Será una sangría política de la que los más beneficiados serán en PRI y el PAN. Algunos dirán que esos votos, depurados, se volverán a juntar para 2018. Puede ser, habrá que ver si en el camino no se terminan erosionando tanto que se terminen volviendo prescindibles. Lo cierto es que, si se da ese proceso y si se asume que Andrés Manuel tendrá el tres por ciento necesario para mantener su registro, el PRD tendrá que luchar para mantener su perfil y no terminar subordinado, desde fuera, a una candidatura que no les guarda la menor simpatía.Pero, para superarlo, se requiere apostar a lo que se quiere ser y a lo que se busca, a una plataforma más allá de un personaje y ser lo que se dice. Hoy el PRD, lo demostró en telecomunicaciones, sigue aferrado más al deber ser que al ser y los costos políticos que pueden sufrir ante un personaje y un partido decididos a que tiene un lugar predestinado en la historia, pueden ser letales, para ellos y para el futuro de la izquierda en nuestro país.

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