Lula, más allá de los fantasmas

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Jorge Fernández Menéndez 11/06/2014 01:34
Lula, más allá de los fantasmas

Usted no está para saberlo ni yo para contarlo, pero allá por 1977, cuando uno era demasiado joven, viví unos meses en Brasil, en Sao Paulo. Ahí conocí a otros estudiantes tan jóvenes como yo, que algún día me llevaron a platicar con un dirigente sindical de la ciudad que ya comenzaba a ser un referente en la disminuida izquierda que trataba de emerger de lo que todavía era, en Brasil, una dictadura militar. Desaliñado, con una barba muy descuidada, con maneras y formas de lo que era un obrero forjado en las labores más duras del trabajo y de la vida, y con una suerte de claridad mental que lo hacía distinto, diferente, fue como conocí a Luiz Inácio Lula Da Silva. Casi inmediatamente me ofrecí a colaborar en el periódico, casi clandestino, que su grupo político y sindical (mezcla de trotskistas y teología de la liberación) editaba, y que, si la memoria no me falla, creo que se llamaba Liberación.

Unos meses después, dejé Brasil y volví a ver a Lula cuando vino a apoyar a Cuauhtémoc Cárdenas para la campaña de 2000. Tuve oportunidad de entrevistarlo en radio y los dos éramos hombres muy diferentes a los de esos años. Lula ya era un personaje que sabía que llegaría a la Presidencia de su país: se había quedado dos veces en el margen por un puñado de votos y regresaba por volver. Ya no había rastros, salvo la calidez, la sencillez, la claridad del dirigente sindical de los 70: era el político que se sabía factor clave de poder.

En esos años se estaban dando las reformas, sobre todo energética, que impulsó el presidente Fernando Henrique Cardoso, un economista que, con un profundo sentido liberal, también provenía de la izquierda, fue uno de los que creó el concepto de la teoría de la dependencia. Lula se oponía entonces a esas reformas y, casi tres años después, ganó las elecciones oponiéndose a ellas.

Pero no gobernó ni un día tratando de revertirlas. Al contrario, las profundizó de una forma que nunca se atrevieron a proponer sus antecesores: la apertura energética (y el precio de las materias primas) fue lo que explica la popularidad de Lula en sus dos periodos de gobierno. Pudo reinventar un empresariado nacional que estaba profundamente debilitado y sin rumbo, colocó a Brasil en los mercados internacionales, pudo presentar tasas de crecimiento que llevaba años sin alcanzar, tuvo recursos para establecer políticas sociales (que por cierto, tomó de Solidaridad, y que ahora en México estamos tomando de su propia experiencia para reeditarla en nuestro país con la Cruzada Nacional Contra el Hambre) y terminó su mandato colocando cien mil millones de dólares de acciones de Petrobras en el mercado bursátil.

Volví a ver a Lula hace unos tres años. En una isla cerca de San Salvador de Bahía, se daba el encuentro de padres e hijos, una reunión de empresarios del continente que iban acompañados de sus hijos, algunos muy jóvenes, otros ya en control de las empresas familiares. Todo el encuentro giró, en realidad, en analizar lo que tenía Brasil, en su momento de mayor auge, y lo que le faltaba a México. Lula era ya un estadista, sobre todo para América Latina, acababa de dejar el poder en Dilma Rousseff y habló, en corto y en público, de muchos temas. Su confianza en su estrategia era infinita y por supuesto la quería trasmitir. Muchos en aquel encuentro la compartíamos, sobre todo los empresarios mexicanos, que veían cómo un país con características sociales similares a las nuestras había podido sacar adelante las reformas y cambios que aquí se postergaban.

Pero el panorama de Brasil tampoco era tan halagüeño. La desigualdad seguía siendo brutal (mayor incluso que la nuestra); el costo de la vida, altísimo, el real estaba evidentemente sobrevaluado y el país vivía una suerte de euforia de consumo que no parecía relacionarse con la realidad. Había algo de burbuja en todo ese proceso. Y las burbujas estallan.

El mejor ejemplo fue la plática de Eike Batista, el empresario diríamos paradigmático del gobierno de Lula, que aseguraba que su objetivo en cinco años era ser más rico que Carlos Slim.

En esa reunión, me tocó hablar de la seguridad, contraponiendo el tema con uno de los responsables de la estrategia de seguridad de Río de Janeiro. La propuesta de combatir al narcotráfico se contraponía con la idea de que en realidad había que ser permisivo, llegar a acuerdos con los líderes del narcotráfico que manejaban las favelas y dejar trascender las cosas, como opinaban en Brasil.

Tres años después, las empresas de Batista han, en parte, quebrado por sus malas proyecciones económicas en la explotación petrolera, la economía de Brasil que crecía al cinco hoy crece al 1% y la inseguridad vuelve a estar presente en las calles de las grandes ciudades, porque las bandas que operaban en las favelas se han hecho mucho más poderosas.

Lula sabe que en estos días es mucho lo que está en juego en su país. Si Brasil está mejor o peor que México, es lo de menos.

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