El rey de la democracia y la apertura

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Jorge Fernández Menéndez 03/06/2014 02:11
El rey de la democracia y la apertura

En la casa de mis padres, cada 31 de diciembre a la medianoche, no sólo se brindaba por el año que iniciaba, sino también porque ese año “sí se moriría Franco”. Pasaron muchos antes de que el dictador dejara de existir, pero no fue hasta a mediados de los 70 cuando en aquel y muchos otros hogares republicanos se comenzó a hablar con cierto respeto de un rey que, poco después, con su actitud ante el intento de golpe militar del 23 de febrero de 1981, se ganó el adjetivo de verdadero demócrata. Ese monarca constitucional, Juan Carlos, a quien la prensa española calificó ayer como el mejor rey de la historia de España, abdicó a favor de su hijo Felipe, ahora Felipe VI, en un gesto más de comprensión de cómo cambian los tiempos y las exigencias de la sociedades ante ellos.

Juan Carlos I pudo ser el sucesor de Franco, acomodar el gobierno a las exigencia de la dictadura, cambiar algo para que todo siguiera igual pero, por el contrario, fue el hombre que decidió acabar con el franquismo y abrir en una sucesión vertiginosa a España a la democracia, a Europa y al mundo. Pocos países vivieron tan de cerca esa transición como México, pocos como el nuestro trataron de encontrar las claves de su propia transición en aquella que lideraron un puñado de políticos acompañados por Juan Carlos como garante de las instituciones y de la unidad del Estado. La monarquía pasó de ser un estorbo y un factor de ruptura y división a convertirse en el elemento de unidad de una sociedad marcada por un estricto juego democrático: ese compromiso se estableció con la Constitución, se selló con el rechazo de Juan Carlos al golpe del 23 de febrero (su mejor momento, en los 39 años de su reinado) y con el ingreso de España a la Unión Europea.

No se recuerda un solo episodio en el que el rey haya intentado coartar el juego democrático o manipularlo, pero es inolvidable la operación que realizó, sobre todo durante aquellos primeros años, por buscar que el tránsito se diera con base en acuerdos políticos concretos. En México, durante años hablamos de los Pactos de la Moncloa que le abrieron el camino a la democracia española, pensando que se trataba de acuerdos meramente políticos, sin querer comprender que lo que permitió el verdadero juego democrático fueron los acuerdos económicos de fondo que se dieron en la Moncloa: fue la decisión de incorporarse a la Unión Europea, de abrir sus mercados, de transformar su economía, de equiparar sus instituciones y mecanismos a los de los países de esa comunidad, lo que otorgó las bases para la transformación democrática. Sin ello, como se decía entonces, Europa seguiría comenzando en los Pirineos, y España estaría excluida de la Comunidad Europea.

Paradójicamente, a pesar de nuestra fascinación con los Pactos de la Moncloa y la transición española, nuestros partidos nunca han terminado de comprender la profundidad de la transformación: nos gustaban las formas, pero no el fondo. Si nuestra transición comenzó casi en los mismos años (la reforma de Reyes Heroles se aprobó en 1979), fue más lenta, más tortuosa y nunca terminó de emparentar sus procesos de transformación política con los de cambio económico: el intento más logrado fue el de las reformas de 91 a 94 y la creación del TLC, opciones que increíblemente la izquierda y el sector más tradicionalista del PRI rechazaron.

Sucede algo similar en la actualidad: el Pacto por México no alcanzó para que todos los partidos apoyen los cambios que la economía requiere, sobre todo en un ámbito tan importante como la energía, porque no se comprende que la mejor garantía para la transformación democrática está en una economía abierta y competitiva. ¿Se podría imaginar usted en aquellos años, fines de los 70, principios de los 80, a un Felipe González, líder del PSOE y primer candidato de la izquierda con posibilidades reales de llegar al poder, haciendo una gira por Estados Unidos, advirtiéndoles a los empresarios internacionales que no invirtieran en su país porque si España se unía a la Unión Europea y abría su economía nadie les podría garantizar sus inversiones por el descontento social que se provocaría? Felipe González fue el primer presidente socialista porque hizo exactamente lo contrario de lo que están haciendo hoy Zambrano y el PRD: en lugar de ponerse en contra de las reformas y la apertura, se puso al frente de ellas e identificó a la izquierda con el cambio económico y por ende con la democracia. Nuestra izquierda, tan entusiasta de los Pactos de la Moncloa, nunca los comprendió en su esencia y hoy sigue pensando que la democracia puede florecer en la cerrazón, que siempre, por la derecha o por la izquierda, alimenta a los autoritarios.

Contribuir con todo el poder que le daban las instituciones a esa doble vía de democratización política con modernización económica fue el gran aporte de Juan Carlos para España. Y por eso será recordado.

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