Rosario, la izquierda y el cardenal

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Jorge Fernández Menéndez 08/05/2014 01:05
Rosario, la izquierda y el cardenal

Cuando Andrés Manuel López Obrador fue presidente nacional del PRD, y luego jefe de Gobierno del DF, se opuso a la legalización del aborto en la capital, que impulsó la entonces jefa de Gobierno, Rosario Robles. Más tarde, se opuso a los matrimonios entre parejas de un mismo sexo. Siendo un hombre creyente, muchas de las decisiones en el terreno de las libertades individuales fueron marcadas más por un conservadurismo bastante tradicional que por las posiciones históricas de la izquierda.

Desde aquellos años, no es una novedad para nadie que López Obrador no quiera a Rosario Robles y a Cuauhtémoc Cárdenas, porque, desde una visión caudillista, nadie puede haber sido el creador del caudillo. Y la verdad es que López Obrador fue una creación política de Cárdenas y Rosario. Fueron ellos los que lo impulsaron, los que negociaron incluso con el gobierno de Ernesto Zedillo para que el PRI no se opusiera a su candidatura en el DF en 2008, a pesar de que estaba impedido constitucionalmente para ser candidato (no tenía cinco años de residencia en la capital) y fueron los que le hicieron ganar, sobre todo Rosario, como un respaldo muy intenso desde el gobierno capitalino.

Ya en el GDF, Andrés Manuel inició su ruta hacia la candidatura presidencial, rompiendo con todos los potenciales adversarios: con Cárdenas y con su hijo Lázaro, con Rosario, con Nueva Izquierda. Cuando se dieron los videoescándalos la ruptura fue total y definitiva. Para Andrés Manuel aquello siempre fue una trampa, un complot; no importaba que sus principales colaboradores, el que manejaba el dinero y el que manejaba la política, se vieran inmersos en actos de evidente corrupción.

Pero el conservadurismo en el tema de las libertades individuales nunca lo abandonó. Ahora, desde los sectores más cercanos a López Obrador, en alianza con los del cardenal Norberto Rivera, se ha lanzado una nueva campaña contra Rosario Robles. La secretaria de Desarrollo Social quizá fue poco prudente al recomendarle a las mujeres indígenas, en una reunión informal en Nayarit, que se “quedaran” en los tres hijos, que además es lo que contemplan las reglas del subsidio de Oportunidades desde hace años (entre otras cosas porque ese es el promedio de natalidad en las zonas rurales), pero tenía toda la razón: que las mujeres indígenas tengan “todos los hijos que mande Dios”, como se dice en muchas comunidades, y que se conviertan en madres siendo apenas adolescentes, es una tragedia social, que va de la mano con la discriminación que viven sobre todo en el mundo indígena y que no se diferencia en muchas ocasiones de la que nos escandaliza en otros países: las mujeres son golpeadas, vendidas, en muchas comunidades, de facto, no tienen derecho a voto, no reciben educación y su principal tarea es engendrar hijos.

Establecer políticas de planificación familiar es algo que la izquierda, la verdadera, no la que se viste con ese ropaje, ha mantenido desde siempre como una forma de otorgarle a las mujeres y a sus hijos mayores oportunidades, mayores derechos, más atención, mejor salud y educación. Por supuesto que eso no impide que cualquier mujer pueda tener la cantidad de hijos que desee, pero esa debe ser una decisión individual, no una imposición de la comunidad, de su Iglesia o de sus parejas; tampoco del Estado.

Pero resulta que los círculos cercanos al ahora líder de Morena y los de los sectores más conservadores de la Iglesia, en plena consonancia, han hecho una crítica feroz a Robles por haber sostenido, en otras palabras, que las mujeres deberían adoptar políticas de planificación familiar. ¿Dónde está el pecado? Las políticas de planificación familiar las aplican todas las democracias occidentales; son parte de nuestras políticas de salud desde hace décadas; son parte de los derechos de las mujeres, de los hombres y de las familias; son recomendadas por la Organización Mundial de la Salud y la ONU, y son, por sobre todas las cosas, uno de los elementos que permiten diferenciar una sociedad desarrollada de una que aún no encuentra ese camino. La diferencia con cualquier sistema totalitario es que esa política se impulsa, pero no se impone. Y ni antes ni ahora la planificación familiar ha sido impuesta en México. Es una política pública, y seguirla, una decisión individual.

Rosario Robles, en este tema, tenía y tiene razón, aunque se hayan sacado de contexto y manipulado su palabras. Quienes la atacan por ello son quienes creen que las políticas públicas deben estar regidas por la fe, sea política o religiosa, y no por el sentido común.

Pero, ¿por qué extrañarnos? Buena parte de nuestra izquierda hoy reniega de la planificación familiar de la mano de la Iglesia; está aliada a la riqueza y al principal monopolio del país; quiere mayores impuestos para las clases medias; no critica los regímenes represivos, sea el de Corea del Norte, Cuba o Venezuela, y sus personajes más corruptos se sientan en primera fila en sus celebraciones.

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