PRD, 25 años no son nada

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Jorge Fernández Menéndez 06/05/2014 01:20
PRD, 25 años no son nada

El PRD cumple 25 años, un cuarto de siglo ya, y sigue siendo un partido en busca de un perfil, una personalidad propia, sigue debatiéndose entre convertirse en una fuerza moderna con un perfil socialdemócrata o en una corriente contestataria, más ligada a un reforzamiento de las viejas corrientes nacionalistas revolucionarias (o al nuevo populismo latinoamericano emparentado con el chavismo).

Desde su nacimiento, esas dos corrientes, esas dos tendencias, han marcado su accionar y, desde entonces, ha tenido momentos altos y bajos, ha estado a punto de alcanzar la Presidencia de la República y de perder todo; se ha mostrado con ambición de poder y se ha dividido, pero no ha terminado de forjar una línea, una posición política clara, propia.

Hay momentos en la historia del PRD que son irrepetibles y que configuran, además, una serie de enormes oportunidades perdidas, precisamente por no haber decidido abrirse hacia posiciones más modernas, más liberales, menos duras. La primera es la elección de 1988, aún como Frente Democrático Nacional. El resultado de ese 6 de julio fue incierto, pero de lo que no cabía duda era de que el partido que terminó surgiendo un año después hubiera podido convertirse en un interlocutor que, en los hechos, hubiera podido prácticamente cogobernar en aquel periodo. Ese espacio lo ocupó el PAN y, tres años después, en 1991, el PRD estuvo a punto de perderlo todo, alcanzando apenas un poco más de 10% de la votación.

Pasaron los años y, en 1997, el PRD vivió el momento en el que más se acercó a esa izquierda moderna e inteligente que tanto se ha buscado. El triunfo en el DF de Cuauhtémoc Cárdenas se dio con un discurso moderado, diferente del que se había utilizado anteriormente, y el resultado fue avasallador. Le dio también una presencia importante en el Congreso que, junto con la del PAN y otras fuerzas menores, les permitió quitarle, por primera vez, la mayoría absoluta al PRI en la Cámara de Diputados. Lamentablemente, no se utilizó esa nueva mayoría para crear una nueva agenda legislativa, sino para obstruirla. Y esa oportunidad desperdiciada, junto con sus propios errores, llevaron a que en el 2000 el triunfo no fuera, como muchos esperaban tres años atrás, para Cárdenas, sino para Vicente Fox.

Esa derrota fue la que le abrió a López Obrador un espacio que, paradójicamente, le habían abierto Cárdenas y Rosario Robles, primero jefa de Gobierno del DF y después presidenta del PRD: López Obrador le ganó el gobierno capitalino por un puñado de votos a Santiago Creel y cambió la historia perredista.

Porque Andrés Manuel rompió entonces los acuerdos que le habían llevado a esa posición, con Cárdenas, con Robles y con Nueva Izquierda, y estructuró toda una serie de alianzas que llevaron al partido, primero, a una profunda división interna y, luego, a presidencias partidarias tan cuestionables como la de Leonel Cota Montaño, que lo que buscaron fue poner al partido bajo su control.

En ese marco se vivió la elección presidencial de 2006. Un poco menos de medio millón de votos le faltaron a López Obrador para alcanzar la Presidencia de la República, misma que hubiera podido alcanzar si no hubiera cometido errores, víctima de la radicalización de su discurso y de evidentes muestras de intolerancia hacia opositores y medios. Pero incluso en esas circunstancias, aun mucho más que en 1988, el PRD hubiera tenido todo para establecer hasta un gobierno de coalición: se lo propuso Calderón y la respuesta fue la oposición más dura que ha tenido un gobierno desde el surgimiento de la alternancia en nuestro país.

Una vez más, esa estrategia le abrió la oportunidad a un tercero, en esta ocasión, a un PRI que había hecho en 2006 la peor elección de su historia. Volvió a competir en 2012 el PRD con López Obrador, que hizo una buena elección de la mano con el derrumbe panista. Y otra vez se le abrió la oportunidad de tener una presencia institucional mucho mayor. En esta ocasión, la dirigencia del partido aceptó recorrer esa vía y fue López Obrador el que se separó para seguir la suya.

En esa disyuntiva, en ese trance, se encuentra hoy el PRD. Deberá apostar a buscar su propia personalidad o volver a dejar la izquierda en las manos de López Obrador. Tiene el PRD una figura que aglutina, Cuauhtémoc Cárdenas, pero que también, hay que aceptarlo, acaba de cumplir 80 años. Pero también, aunque no es militante del partido, a un jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, que ganó con casi 70% las elecciones de 2012 y que, pese a presiones, boicots y errores, puede ser una figura que aglutine en torno a ese partido esa centroizquierda que el PRD todavía no termina de construir. Si el PRD no defiende a sus figuras, si no hace viable esas líneas políticas, para 2018 se encontrará con que desde Morena, los cantos de sirena serán imposibles de acallar.

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