Octavio Paz: un espacio por construir

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Jorge Fernández Menéndez 01/04/2014 01:04
Octavio Paz: un espacio por construir

La historia se transforma y nosotros podemos transformarla. No hay determinismos, no hay destinos inmutables. Octavio Paz decía en El Laberinto de la Soledad que “nuestra actitud vital también es historia. Quiero decir, los hechos históricos no son el mero resultado de otros hechos, sino de una voluntad singular, capaz de regir dentro de ciertos límites su fatalidad”. En estos días se festeja el centenario del natalicio de Octavio Paz, pero muy posiblemente, como sociedad, no terminamos ni de comprenderlo ni tampoco de asumirlo.

No fue Paz un autor sencillo ni tampoco condescendiente, pero la dificultad para comprenderlo no parte ni de su prosa ni de su poesía, sino de su forma de decir las cosas, de su claridad, pues, y de asumir que su visión va a contracorriente de una cultura popular que sigue creyendo en las revoluciones, los tlatoanis, la victimización, en una visión donde los agachados y los hijos de la chingada, como diría Paz en el propio Laberinto, dan como resultado una “mexicanidad (que) es una manera de no ser nosotros mismos, una reiterada manera de ser y vivir otra cosa”.

El discurso de Paz siempre giró en torno a desprenderse de esa cultura de dominación, de sujeción más que de los poderosos en sí, predispuesta a permitirlo: “El patriarca protege, es bueno, poderoso, sabio. El macho es el hombre terrible, el chingón, el padre que se ha ido, que ha abandonado a la mujer e hijos. La imagen de la autoridad mexicana se inspira en estos dos extremos: el señor Presidente y el caudillo”. Pero siempre se consideró a sí mismo un hombre de izquierda. “Nací con la izquierda. Me eduqué en el culto a la Revolución Francesa y al liberalismo mexicano. En mi juventud, hice mía la gran y prometeica tentativa comunista por cambiar al mundo. La idea revolucionaria fue y es un proyecto muy generoso. Mis afinidades intelectuales y morales, mi vida misma y mis críticas, son parte de la tradición de la izquierda”, le dijo alguna vez a Braulio Peralta.

En los 70, Paz ya se había desencantado de una Revolución Cubana que muchos, décadas después, siguen cobijando como la utopía que nunca fue. Había acabado con sus ideas marxistas mucho antes, quizá, desde su regreso de la España republicana, pero mucho más después de leer el Archipiélago Gulag, describiendo los crímenes monumentales del stalinismo. Pero Paz no era el autor políticamente correcto, aunque hubiera sido de los pocos que denunció el 68; de los pocos que tuvo la entereza de enfrentarse políticamente con Echeverría y con las corrientes intelectuales dominantes de la época. No tuvo que elegir entre el nacionalismo revolucionario y los tecnócratas porque estaba ya, desde tiempo atrás, alejado de ambos. Fue el Paz que supo comenzar a construir un discurso diferente, el que no se definió a sí mismo como liberal (“no soy liberal porque el liberalismo deja sin respuesta a más de la mitad de las grandes interrogaciones humanas, como la fraternidad o el valor de la existencia, pero es una filosofía que nos puede guiar moral y políticamente, en nuestro trato con los otros, pues nos enseña la tolerancia. Además, es un pensamiento fundado en la libertad, un valor irrenunciable”), pero que apostó a la apertura de la política, la sociedad, la economía.

Nunca fue Paz, a pesar de que así se nos los quiso hacer creer muchas veces, un hombre de derecha. Al contrario, fue siempre un hombre abierto de ideas, crítico con la derecha, con las religiones institucionales (incluyendo cierta izquierda que ha hecho de su visión una religión), con una visión moderna y libre de la sexualidad y el erotismo, crítico acérrimo de todo tipo de autoritarismos, más allá del ropaje en el que se envolvieran.

Ser libre, en todos los sentidos, genera temor y en ocasiones costos. No fue, ni por edad ni por formación, como tampoco el otro gran poeta Jorge Luis Borges, parte del boom latinoamericano de los 60, tampoco compartía muchas visiones y esperanzas, pero se ganó, siempre, la admiración de los principales representantes de ese movimiento. Decía Julio Cortázar que “a lo largo de 30 años, la obra de Octavio Paz ha sido para mí esa estrella de mar que condensa las razones de nuestra presencia en la Tierra. Poeta ante todo, es decir, cazador de ser, Paz posee esa rara cualidad que sólo se encuentra en un Valéry o un T.S. Eliot: el poder de hacer coexistir paralelamente y sin choques (puesto que a partir de Einstein hemos aprendido que las paralelas acaban por encontrarse) el canto poético y la reflexión analítica”.

Muchos no conocimos a Paz en nuestra adolescencia por simple prejuicio, pero, como también nos sucedió con Borges, descubierto el poeta, descubrimos también al analista; roto nuestros propios moldes mentales y culturales, pudimos descubrir su mundo y tratar de hacerlo nuestro.

Hoy, la vigencia de Paz sigue siendo incuestionable. El país, la sociedad, el arte que propuso sigue siendo todavía un espacio en construcción.

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