Mucha vida después de Los Pinos

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Jorge Fernández Menéndez 11/02/2014 00:52
Mucha vida después de Los Pinos

Los muy buenos reportajes sobre la vida luego de haber sido durante seis años inquilino de Los Pinos, que está publicando José Elías Romero Apis en Excélsior, son un valioso y útil testimonio para recordarnos que no siempre fue válida la idea de que los expresidentes no intervendrían en la política una vez que dejaran su cargo. Adolfo López Mateos le dio posiciones a seis exmandatarios. Lázaro Cárdenas del Río participó en política prácticamente hasta su muerte. Miguel Alemán también. La regla se impuso en el inconsciente colectivo, más por una excepción que por una regla: cuando Lázaro Cárdenas envió al exilio a Plutarco Elías Calles, no porque participara en política, sino porque el sonorense intentó acotar el poder presidencial desde fuera, vía lo que se denominó El Maximato. Lo que hizo Cárdenas fue cortar con esa intervención y control extraconstitucional.

En realidad, la suma del poder presidencial se dio en tres sexenios, los tres, por distintas razones, de triste memoria: el de Díaz Ordaz, el de Echeverría y el de López Portillo; los tres, luego, terriblemente enfrentados con sus antecesores. Pero hoy, como decíamos aquí en enero pasado, las cosas han cambiado, también lo ha hecho el sistema político, y hasta la edad y la expectativa de vida ayudan a que los presidentes puedan y quieran mantenerse en activo.

Esta semana, una vez más, Carlos Salinas de Gortari ha dado su versión sobre lo ocurrido en su sexenio, en general, y en 1994, en particular, cuando se acerca el 20 aniversario del asesinato de Luis Donaldo Colosio. Se puede estar en desacuerdo en muchas cosas con Salinas, pero hay dos en las que, desde nuestro punto de vista, tiene razón: una es que las acciones que se dieron en 1994 fueron desestabilizadoras, intentaron, como dijo en su entrevista, tirar a su gobierno, porque no pudieron tirar las reformas que se dieron durante ese sexenio, en términos del TLC y las aperturas comerciales, la reforma al campo, a las relaciones iglesia-Estado y la educación. Y la segunda es que, más allá de la valoración que se haga de su gobierno, el verlo como beneficiario de la muerte de quien sería su sucesor o de la de José Francisco Ruiz Massieu no tiene sustento alguno, ni político ni personal. El destino de Salinas de Gortari con Colosio o Ruiz Massieu vivos hubiera sido absolutamente diferente.

También refleja el expresidente en esa entrevista su profundo enfrentamiento con Ernesto Zedillo. La paradoja es que hoy el gabinete y el equipo de Enrique Peña está armado con muchos hombres y mujeres que son sucesores de esos dos gobiernos y que parecen haber superado aquella historia que, sin embargo, está viva, por la sencilla razón de que sus dos principales protagonistas no sólo ahí están, sino que también están en la plenitud de sus facultades. Más tarde o más temprano, el priismo (¿o habrá que decir el peñismo?) tendrá que dar una respuesta, su respuesta, sobre aquellos años.

Por otra parte, mañana, el expresidente Calderón relanzará su fundación, con la que espera trabajar en distintos temas, incluyendo, me imagino, los de su partido. Escandalizarse por eso es absurdo. Habrá quienes consideren que si trabaja en su partido pagará costos, otros considerarán que tendrá beneficios, pero no dudo que de una u otra forma lo hará, comenzando por un tema tan evidente como la sucesión interna en el PAN. Se asegura que el propio Calderón convocó una reciente reunión en la que participaron Ernesto Cordero, Josefina Vázquez Mota y Juan Manuel Oliva en la búsqueda de una candidatura única para contender en contra de Gustavo Madero. Es muy probable. ¿Por qué no tendría que hacerlo? ¿Por qué tendría que respetar una regla que estableció el PRI para sus propios expresidentes en un sistema político que ya nada tiene que ver con el actual?

También se ha dicho que en una plática con empresarios en Monterrey, el expresidente defendió su gestión de gobierno y la comparó con temas que, en su opinión, están hoy peor que entonces. Eso se quiso hacer ver como una intervención en los asuntos del gobierno actual. Es una tontería: lo mismo hacen, en innumerables pláticas, públicas y privadas, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y Vicente Fox, y seguramente también lo hará así, cuando deje el poder, Enrique Peña. Si un exmandatario no defiende su gestión de gobierno y no la compara con lo hecho por sus sucesores o antecesores, ¿quién lo hará?

Decíamos en enero pasado que la única regla que deben honrar los expresidentes es el respeto a la propia institución presidencial que detentaron y ese respeto se debe extender a los otros presidentes, anteriores o posteriores, mismo que no puede estar exento de controversias y distintos puntos de vista. Ello no contamina la vida política nacional, sirve para hacerla más transparente y honesta.

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