Mandela, el amo de su destino, el capitán de su alma

Él no tuvo miedo de vivir de la misma forma en que lo pregonaba en sus discursos y textos: en libertad y para la libertad.

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Jorge Fernández Menéndez 06/12/2013 01:54
Mandela, el amo de su destino, el capitán de su alma

Ayer murió Nelson Mandela, uno de los personajes más fascinantes de la historia del siglo XX. Unos meses atrás, cuando su situación era ya crítica, publicamos aquí un texto que ahora retomamos. Descanse en paz Nelson Mandela.

No debe haber en la historia política del último medio siglo una vida política más fascinante que la de Nelson Mandela, el hombre que después de pasar 27 años en la cárcel por defender sus ideales y luchar contra el racismo, logró comprender y convencer de que la única alternativa para su pueblo y su país era acabar con el racismo en forma pacífica, abrazando la democracia, abriéndose a construir una sociedad donde todos pudieran, haciendo un enorme esfuerzo político y social, integrarse, vivir y compartir, desterrando la venganza. El hombre que a los 95 años, después de ser preso político, Presidente de su país y premio Nobel de la Paz, estaba, al momento de escribir estas líneas, abandonándonos, muriendo y cerrando así una vida que es parte ya de nuestra historia.

Como él mismo decía, Nelson Mandela no era un santo, nunca lo pretendió, simplemente era un luchador por la libertad de su pueblo, un luchador contra el racismo y contra uno de los sistemas más infames que vimos en el siglo XX, el Apartheid. Era un hombre de convicciones firmes, que demostró qué quiere decir, en verdad, ser progresista, de izquierda, liberal en el mejor sentido de la palabra. Hablar de un hombre que estuvo 27 años preso y que logró salir de la cárcel sin alimentar el odio y la venganza contra sus adversarios, dispuesto a trabajar con ellos para construir un país democrático e integrado socialmente, es hablar de una excepción histórica, de un ejemplo. Fue su disposición la que permitió acabar con el sistema de discriminación sin violencia y por la vía de la negociación. Si la voz de Mandela hubiera clamado por la revancha, jamás Sudáfrica hubiera salido de esa larga etapa sin sangre en las calles, y quizá no hubiera podido ser ni siquiera una nación viable. “Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces él se vuelve tu compañero”, decía Mandela, y lo cumplió a rajatabla. No sé si Mandela habrá leído alguna vez a Borges, pero aquello de no hablar de venganzas ni perdones, porque el olvido es la única venganza y el único perdón, Mandela también lo hizo suyo.

Pero más aún: Mandela impulsó esa salida democrática e integradora, siendo la única figura pública en su país que tenía capacidad y consenso para realizarla, sin ser un dictador, un gobernante autoritario, alguien que quisiera perpetuarse en el poder. Salió de prisión, tiempo después se convirtió en Presidente en la primera elección libre en su país y cuando concluyó su periodo se fue a su casa. No abandonó la política, ni la nacional ni la internacional, pero nunca buscó perpetuarse: había comprendido que si se quería construir un sistema democrático y abierto, el heredarse a sí mismo el poder, el considerarlo una prenda propia, el identificar a su persona con el país y la sociedad, como han hecho muchos que dijeron tomar su ejemplo, desde los Castro hasta los Chávez, era precisamente la antítesis de lo que se buscaba. El poder unipersonal nunca puede ser entendido como democrático. El mesianismo político, se vista con ropajes de izquierda o de derecha, nunca puede ser la vía para la construcción de una sociedad abierta. Mandela se convirtió en una suerte de padre de su patria sin ejercer el poder, salvo ese poder moral que otorga precisamente el haber sabido abandonar a tiempo el poder material.

Para eso hay que ser valiente. Decía Mandela que en la cárcel aprendió que “el coraje no era la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El valiente no es quien no siente miedo, sino aquel que conquista ese miedo”. Y Mandela no tuvo miedo de vivir de la misma forma en que lo pregonaba en sus discursos y textos: en libertad y para la libertad.

Ahora que se va este personaje entrañable de nuestra historia, sólo queda recordarlo con una de sus mejores definiciones, que todos deberíamos hacer nuestra: “Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”. Adiós, Nelson Mandela, que tu historia de inteligencia, intransigencia contra el racismo, la injusticia y el totalitarismo, de una mano abierta para colaborar incluso con quienes te mantuvieron preso por décadas, abone a la construcción de las sociedades abiertas, educadas, tolerantes, democráticas, donde ningún hombre o mujer tenga un destino marcado por su origen o su color de piel, esa sociedad por la que luchaste. En tu caso, Mandela, la historia no sólo te absolverá, también te recordará como el hombre que escribió una de sus mejores páginas.

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