El corazón de AMLO

Nadie le va a disputar la calle y la radicalidad a López Obrador, pero mantener ambas implica un enorme desgaste político y físico...

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Jorge Fernández Menéndez 05/12/2013 00:50
El corazón de AMLO

¿Qué tanto cambia el juego político nacional la enfermedad cardiaca de Andrés Manuel López Obrador? Partamos del principio que, para él y su movimiento, cambia casi todo. López Obrador es un líder que no acepta, ni ha aceptado nunca, compartir el poder: no lo hizo en el PRD, en el Gobierno del DF, en sus equipos de campaña y mucho menos en Morena. López Obrador es un líder de los denominados carismáticos, que se basan en su capacidad de generar entusiasmo o hasta fanatismo en sus seguidores por su presencia, por su discurso, porque creen en él. Son líderes que, a su vez, creen más en sí mismos que en sus equipos y, por ende, su organización se puede colapsar el día que el líder abandone la empresa.

No creo que un infarto, por lo menos no uno con las características que se han enumerado, implique que López Obrador “abandone la empresa”. No dudo que seguirá en la política. Pero difícilmente será lo mismo. López Obrador hacía giras constantes, de varios días a la semana, organizaba personalmente las actividades de Morena, mantenía reuniones hasta muy tarde, casi cotidianamente, y comenzaba temprano. Comía mal, dicen sus allegados, no se cuidaba e incluso, en esa lógica workaholic, de un verdadero adicto al trabajo, tendía incluso a alejarse de su familia y amigos para concentrarse casi exclusivamente en su labor. Así no podrá seguir López Obrador, por lo menos no en las aproximadamente 30 semanas en las que, si todo sale bien, tendrá que estar, de una u otra forma, en recuperación. Y muy probablemente tampoco en el futuro.

Porque, además, las cosas no le estaban saliendo bien en su batalla política más importante desde las elecciones de 2006: su futuro se juega con la reforma energética. El ex candidato presidencial no dejó alternativa, espacio alguno, en el tema energético, para una salida. Toda su vida política se concentra y concentrará en esa reforma. Y los hechos están demostrando que sus cinco o seis convocatorias en el Zócalo no han tenido la afluencia que pensaba: sobre todo el mitin del domingo 1 de diciembre fue muy pobre en contenido político y concurrencia. Su ex partido, el PRD, a pesar de todo, ha terminado resistiendo bastante bien su ruptura e incluso la reaparición en primeros niveles de Cuauhtémoc Cárdenas le ha quitado protagonismo en el tema energético.

Nadie le va a disputar la calle y la radicalidad a López Obrador, pero mantener ambas implica un enorme desgaste político y físico, sobre todo en un líder en el que sólo su presencia y sus decisiones marcan el rumbo. Con todo respeto, como diría el propio Andrés Manuel, una cosa es una convocatoria suya a una movilización y otra cosa es que convoque Martí Batres o incluso su hijo Andrés Manuel López Beltrán (con el agregado de que querer hacer sucesor a su hijo termina siendo casi una broma de mal gusto, más allá de talento político que pueda tener o no el joven Andrés Manuel).

Ni López Obrador ni el Morena serán los mismos, por lo menos en el corto y mediano plazos. Si todo va bien, quizá para el proceso de 2015, López Obrador podrá estar nuevamente en la lista electoral, pero muy difícilmente manteniendo el estilo de vida que llevó en toda su carrera. Y no me lo imagino como un dirigente, en el mejor sentido de la palabra, de gabinete, que no es precisamente su mejor faceta política. Lo suyo es la agitación, el contacto con la gente, el mando directo y sin intermediarios.

 Afortunadamente, López Obrador parece haber superado este trance médico, pero el corazón le ha fallado en un momento y en una situación compleja, y cuando su peso político estaba en entredicho y en plena confrontación pública. Hay quienes creen en las señales, pero, en ocasiones, simplemente el cuerpo, el corazón, saben que hay cosas insuperables. La edad, el tiempo, la salud y la historia, en muchas ocasiones, sobrepasan la voluntad.

Mientras tanto, en las antípodas de López Obrador hay que observar cómo crece el único que puede constituirse en un liderazgo alternativo para la izquierda. Hoy tendrá su primer informe de gobierno Miguel Ángel Mancera, que está desarrollando, no sin dificultades, un extenso y constante trabajo de acuerdos y amarres en el Distrito Federal, en la política nacional y en su partido. Mancera no sólo representa una forma de entender una política de izquierda muy diferente a la de Andrés Manuel, sino que busca que su liderazgo sea también diametralmente distinto, proactivo; es un líder que no delega su derecho a tomar decisiones, pero consulta sus ideas y busca opiniones sobre las mismas. Que dialoga y no impone. Tiene, en síntesis, un liderazgo de una izquierda moderna que tendrá, ahora, que refrendar con resultados, en medio de un torbellino político.

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