Por una coalición gobernante progresista
Fundaciones e institutos de investigación de varios países llevaremos a cabo, en la Ciudad de México, un coloquio que contribuirá al análisis de la situación política y social que se vive en Europa y América
Los políticos, congresistas e investigadores invitados abordarán esta tarea desde la perspectiva de lo que podría presentarse como una izquierda contemporánea, del siglo XXI y de lo que, genéricamente, se podría identificar como el progresismo. El Progresismo como Ente de Cambio es el título genérico del coloquio.
Habrá que atender las reflexiones que surjan de este espacio de diálogo y habrá que tener presente el hecho de que la política no está siendo reconocida, por los grandes grupos poblacionales, como elemento fundamental para la solución de los grandes problemas sociales. Por el contrario —y esto es algo grave y peligroso—, se le percibe, a la política, como ¡la causa de tales problemas!
Así, todos los políticos (con partido o sin partido) experimentamos un fuerte rechazo por la mayoría de la población.
Esta repulsa a la política, a los políticos, tiene explicaciones, pero éstas poco o nada tienen que ver con el simplismo y la frivolidad que acusan una buena parte de las columnas que aparecen en los diarios, en los sitios web o en los noticieros de radio y televisión.
La explicación es mucho más compleja y es resultado del desgaste que experimentan los sistemas clásicos de representación política y, para el caso de México, hay que sumar la crisis de carácter terminal que vive el régimen presidencial y concentrador del poder en un solo individuo. El mismo que alienta la presencia de la corrupción, abusos e impunidad con la que han actuado gobiernos, partidos y personajes políticos. Interviene, además, la impotencia del modelo económico neoliberal para atender las necesidades vitales de una población creciente, demandante y exigente.
Sin embargo, el simplismo se impone y podemos observar cómo algunos aspirantes a la Presidencia de la República —experimentados políticos— buscan simpatía y apoyo, defenestrando a la política; asumiendo que ganarán votos tanto más renieguen de su condición de políticos y tanto más enciendan hogueras para hacer arder en ellas a los partidos políticos.
En realidad, esos conversos de la política suelen apoyarse en el resentimiento, la desesperación que suele influenciar, especialmente en momentos de crisis, a las grandes masas de la población. Eso se convierte, desde luego, en tremenda concesión a la ignorancia y luego en la presencia de regímenes totalitarios.
Por ello, la izquierda moderna y el progresismo no debieran sumarse al coro que reclama la desaparición de los partidos políticos; no sumemos a nuestros legisladores al chillido que reclama la muerte de los congresos; no hagamos de nuestra causa el debilitamiento del Estado, la descalificación de la política, pues ello sólo nos hace tontos útiles de las oligarquías económicas, de los grupos ultraconservadores que siempre pugnan por un Estado mínimo, por la desaparición o debilitamiento de todo tipo de normas y controles. El Estado mínimo es por lo que pugna el conservadurismo en Gran Bretaña, en EU, Argentina, Brasil, Chile y Francia, en gran parte del mundo y, resulta obvio: también en México.
En sentido diferente, podremos contribuir verdaderamente a los cambios y a la construcción de alternativas nuevas reivindicando, precisamente, a la política, pero haciéndolo de manera radicalmente diferente a como hemos actuado hasta ahora.
El movimiento progresista mundial debiera enfocar sus esfuerzos hacia:
-Desenajenar a los partidos de quienes los han convertido en propiedad privada (sean patriarcas, caudillos, dirigentes, corrientes, gobernantes y representantes).
-Recuperar la razón de ser de los partidos progresistas, es decir: participar dentro, la contienda política como instrumentos para la transformación de la sociedad.
-Contribuir a la conformación de gobiernos representativos de las sociedades que son cada vez más diversas, plurales; gobiernos que enarbolen cambios sustantivos en el modelo económico y en el régimen de representación; gobiernos capaces de materializar, en soluciones tangibles, posibles, sensatas, los afanes de paz, seguridad, progreso y bienestar que reclaman los ciudadanos.
Un cambio democrático en México y en otros países requiere de una coalición de gobierno progresista y libertario, que se presente como alternativa a cualquier extremismo ideológico, sea de derecha o de izquierda; a populismos irresponsables o a intentos por restablecer ridículas teocracias.
Hay que contribuir a la construcción de una coalición de gobierno amplia y plural que impida los abusos de la autoridad y, sobre todo, establezca nuevas condiciones económicas para la superación de la pobreza que padece la gran mayoría de la población.
Hay que impulsar, como la parte sustantiva de nuestra estrategia, la construcción de una coalición que sea capaz de funcionar en la democracia; que pueda ejercer los poderes constitucionales sin violencia; que pueda confrontar a sus rivales políticos con firmeza, pero, sobre todo, que pueda aportar soluciones y dar respuesta a los problemas de la gente.
