Siempre huérfanos

México es Comala y “todos los mexicanos somos hijos de Pedro Páramo”... de ese padre al que siempre —casi todos— andamos buscando...

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Jesús Ortega Martínez 25/03/2014 02:10
Siempre huérfanos

Thomas Carlyle, el celebre escritor escocés, decía que “la democracia es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan”. Esta definición de Carlyle sobre la democracia es la que, tercamente, hemos insistido en asumir la gran mayoría de las y los mexicanos a lo largo de nuestra vida como nación. Nuestra historia nacional escrita es la referencia exclusiva a nuestros “héroes”. Esos individuos “excepcionales, singulares” a los que Carlyle les asigna, “todo el avance de la humanidad”.

Si el autor de Los héroes tiene una visión casi totalitaria sobre el papel que juegan esos individuos “excepcionales” en la historia de la humanidad, para la gran mayoría de las y los mexicanos, el protagonismo de “los salvadores” en nuestra historia ha resultado en necesidad imperiosa y absolutamente indispensable.

Los mexicanos nos sentimos eternamente huérfanos y en la eterna espera del regreso del padre que nos ha abandonado; en la espera, en su caso, del nuevo padre, de aquel que deba sustituir al que murió. México es Comala y “todos los mexicanos somos hijos de Pedro Páramo”, como lo es Abundio —el arriero al que Rulfo hace decir “yo también soy hijo de Pedro Páramo”— de ese padre al que siempre —casi todos— andamos buscando, desesperadamente, porque acusamos un permanente, crónico, sentimiento de orfandad.

Por eso nuestros héroes son como nuestro padre Hidalgo, “El Padre de la Patria”, pero también lo era —durante décadas— su “alteza serenísima” (once veces lo fueron a buscar para que salvara la patria); y Juárez lo fue a tal grado, que al morir, la granítica unidad de los héroes vencedores de la guerra civil del siglo XIX se desmoronó. La muerte del padre evidenció la condición ordinaria de nuestros héroes —muy alejada de la excepcionalidad “Carlyana”— de los simples mortales (con sus abnegaciones y sus pasiones). En el siglo XX, los presidentes de la República revivieron a Pedro Páramo y nos convertimos en sus hijos, porque, como dijo Federico Campbell: “Pedro Páramo es una mentalidad, un resultado histórico y social”.

De esa manera, a principios del siglo XXI seguimos buscando al padre y por ello mismo muchos de los que quieren, ahora, asumir poder político en México —especialmente si desean ser Presidente— buscan denodadamente aparecer ante la gente como “salvadores de la patria”; buscan encarnar en nuevos Juárez, en nuevos Porfirio Díaz o en nuevos Robespierre, es decir: en supuestos seres excepcionales, únicos, singulares, insustituibles, infalibles y, sobre todo esto, aspiran a recrearse, a conformarse en el eterno Pedro Páramo, en el padre al que México —así lo piensan— sigue esperando.

Esta mentalidad, esta cultura política resultado de la visión individualista, personalista de la historia y de los procesos sociales; esta visión feudalista de identificar al Estado en un personaje, en un individuo, nos recorre horizontalmente como país y de manera particular se recrea en los partidos políticos.

Esta concepción de la historia es el principal fardo de la política mexicana y es nuestra principal tara como nación.

La democracia a la que debemos aspirar las y los mexicanos no debiera ser la que define Carlyle; no debiera ser la que busca desesperadamente a Pedro Páramo para que nos dirija.

                *Expresidente del PRD

                Twitter: @jesusortegam

                http://ortegajesus.blogspot.com/

                ortegamartinezjesus@hotmail.com

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