Votar donde duele

Pocos países del mundo instalan tantas casillas como México: más de 170 mil.

Este domingo se renovarán 20 mil 708 cargos de elección popular mediante el voto directo —si se respetan plenamente los principios rectores de la Constitución—, libre y secreto, de una lista nominal de poco más de 98 millones de electores.

Al tratarse de una elección presidencial, es de esperarse que la mayoría de las personas acudan a votar. En las dos últimas elecciones presidenciales, la tasa de participación fue mayor a 63 por ciento. Ojalá que este año se rompa ese récord.

Las campañas electorales concluyeron el día de ayer. Ya hubo debates, entrevistas y spots. Hubo quienes compartieron el sentido y las razones de sus votos, quizás intentando persuadir a los demás. Tengo para mí que cada ciudadano tiene la capacidad de decidir el sentido de sus votos.

Creo que el reto de cada jornada electoral es persuadir a quienes no quieren acudir a votar de que vale la pena hacerlo, incluso cuando las opciones que aparecen en las boletas electorales no siempre luzcan tan atractivas.

Intentaré dos argumentos. En primer lugar, porque el Estado mexicano ha hecho un esfuerzo presupuestal y logístico sin precedentes para que pueda votar cerca de su domicilio. Pocos países del mundo instalan tantas casillas como México: más de 170 mil casillas.

En segundo lugar, porque sus boletas están resguardadas y, en caso de que se anime a sufragar, sus votos serán contados por sus vecinos. Fueron invitados de manera aleatoria, sí, pero no todos aceptaron dedicar un día de sus vidas a ejercer el cargo de funcionarios electorales: más de un millón de personas. Si no vota, sus boletas serán invalidadas y destruidas más tarde. Si vota, ojalá pueda agradecer a las funcionarias de casilla por su esfuerzo: la gran mayoría son mujeres jóvenes.

Cuando las opciones no son atractivas o las contiendas no lucen tan competidas, surgen los llamados a anular el voto. ¿Vale la pena hacerlo? Si decide hacer esto, vale la pena tener claro que el voto nulo tiene las mismas consecuencias legales que el abstencionismo: no cuenta, no es un voto válido, no tiene impacto directo en el resultado de una elección, ni ayuda a decidir quién gana un cargo.

Paradójicamente, tanto los votos nulos como el abstencionismo tienen la consecuencia no deseada de ayudar a que los partidos mantengan su registro, sus prerrogativas y ciertas curules de representación proporcional.

El voto nulo y el abstencionismo tienen un efecto aritmético irrefutable: a mayor abstencionismo, menor será el total de votos válidos, y menos votos serán necesarios para que un partido mantenga el registro y consiga prerrogativas y curules: 3% de los votos válidos. Incluso si no simpatiza con ningún partido, su voto nulo le ayuda a sobrevivir a todos.

A pesar de esto, hay quienes prefieren anular alguno de sus votos porque usan su boleta electoral como un pliego de protesta. Los funcionarios de casilla lo verán y lo contarán, pero los líderes políticos posiblemente lo ignorarán. Sea como fuere, cada quién protesta como quiere: su voto es sólo suyo.

A mi modo de ver, creo que, si alguien ya se tomó la molestia de acudir a su casilla, bien podría ejercer un voto de castigo y que éste sería un mecanismo más eficaz de protesta que el voto nulo o la abstención. Aritméticamente, un voto de castigo les duele más a los partidos que el voto nulo o el abstencionismo. Anular es equivalente a abstenerse ruidosamente. Ya en la soledad de la urna, el voto de castigo puede ser más eficaz. Es un efecto infinitesimal, pero allí está.

De hecho, en elecciones bajo regla de mayoría, votar por cualquiera de las dos opciones punteras tiene una mayor probabilidad de incidir en el resultado que votar por una tercera o cuarta fuerza, los cuales pueden considerarse votos desperdiciados. Aun así, en México los votos por cualquier partido ayudan a que éstos mantengan el registro y obtengan asientos de representación proporcional en el Congreso.

Este 2 de junio, infórmese y razone sus votos: no sólo se renueva la Presidencia, sino también el Congreso y los gobiernos locales. Hay que votar donde duele.

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