¿Importan las campañas?

Han iniciado, formalmente, las campañas electorales rumbo a la Presidencia. Hace 45 días, en este mismo espacio, preguntaba en qué medida las precampañas habían afectado las intenciones de voto medidas en encuestas. Según el modelo de agregación de encuestas de ...

Han iniciado, formalmente, las campañas electorales rumbo a la Presidencia. Hace 45 días, en este mismo espacio, preguntaba en qué medida las precampañas habían afectado las intenciones de voto medidas en encuestas. Según el modelo de agregación de encuestas de Javier Márquez (disponible en oraculus.mx), al 27 de marzo pasado, López Obrador sigue siendo el claro puntero con una intención de voto de alrededor de 40 por ciento, seguido de Ricardo Anaya con 27.7 por ciento (con un margen de error de +/- 2.5 puntos).

Si comparamos estas estimaciones con las disponibles hace dos meses, AMLO ha ganado terreno y Anaya se mantiene más o menos igual, puesto que lo poco que ganó en febrero lo perdió en marzo. José Antonio Meade, por su parte, habría pasado de 24 a 22.5 por ciento.

¿Importan las campañas o todo ya está decidido? Hay una literatura considerable en Ciencia Política, según la cual, las campañas electorales no importan tanto como muchos pregonan o al menos importan de maneras difíciles de medir.

Esto no equivale a decir que López Obrador o Anaya podrían suspender sus campañas ahora mismo y nada cambiaría.

Sin duda, si uno de ellos bajara los brazos, caería en las encuestas y posiblemente en las urnas. Lo que se dice es que, en equilibrio, cuando dos candidatos rivales ajustan de manera óptima sus estrategias de campaña en tiempo real, es posible que el efecto neto de sus esfuerzos de campaña se neutralice mutuamente… y que, por ende, las encuestas sigan diciendo lo mismo.

Y por el contrario, cuando un candidato está haciendo una mejor campaña que el puntero, puede alcanzarlo o rebasarlo.

Ahora bien, lo que llamamos campañas son algo más que los spots, debates y actos masivos.

Las campañas pueden verse como una especie de deliberación colectiva en la que ciertos candidatos con ciertas biografías se presentan de cierta forma, enfatizando ciertos temas, son cuestionados de cierta forma en los medios y son discutidos hasta la náusea en las sobremesas. Muchas de estas cosas no cambian con las campañas, no son controlables por las campañas o simplemente no son medibles mediante encuestas.

Se dice que las campañas activan las predisposiciones partidistas, ideológicas o identitarias del electorado. Según la sicología política, a lo largo de una campaña, las preferencias de los votantes cristalizan: Pasan de preferencias débiles o poco informadas a decisiones sólidas o mejor argumentadas. Hay quienes ya decidieron su voto, pero, como no pueden articularlo todavía, responden que “no saben” a los encuestadores.

¿Está decidida ya la elección presidencial? Si las preferencias de voto presidencial han cristalizado ya, entonces la elección puede considerarse como decidida, como ocurrió en 2012 en que Peña Nieto siempre estuvo adelante. Pero si un grupo importante de votantes aún no han decidido su voto o si están dispuestos a cambiar de opinión, entonces el resultado puede seguir siendo incierto a estas alturas de la campaña, como ocurrió en 2006.

Es posible argumentar que las preferencias quizás ya han cristalizado. Por un lado, es claro que una gran mayoría de los votantes no quiere que siga el PRI en el gobierno. López Obrador, el candidato puntero, es percibido por muchos como una clara oposición al partido en el gobierno y está en la boleta presidencial por tercera vez.

Si bien no han debatido, los candidatos presidenciales han tenido tiempo y spots suficientes para darse a conocer. Anaya, el segundo en las encuestas, es menos conocido y lleva menos tiempo actuando como opositor al gobierno.

Para que las intenciones de voto cambien o la elección se torne reñida, Anaya tiene que persuadir a muchas personas. ¿Podrá hacerlo?

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