Transfuguismo
De un tiempo a esta parte hemos sido testigos de cada vez más migraciones entre militantes de un partido político hacia otro el llamado transfuguismo. Hay quienes abandonan al partido en el que militaban desde su tierna juventud. Pero también hay quienes simplemente ...
De un tiempo a esta parte hemos sido testigos de cada vez más migraciones entre militantes de un partido político hacia otro —el llamado transfuguismo—. Hay quienes abandonan al partido en el que militaban desde su tierna juventud. Pero también hay quienes simplemente regresan a su partido de origen tras haberlo abandonado por algunos años.
En un sistema de partidos consolidados, el transfuguismo es una práctica riesgosa y electoralmente costosa: los militantes del partido de origen criticarán duramente al desertor, y quizá con justa razón, mientras que los miembros del partido de destino verán con recelo al nuevo integrante. Baste recordar que, en toda contienda electoral y en cualquier reparto de candidaturas, hay un conflicto distributivo: No todos pueden ganar, y lo que uno gana, otro lo pierde. Pero eso no es todo, los votantes que simpatizan con el partido receptor también pueden desconfiar, con justa razón, del otrora adversario.
La ambición política dentro de un mismo partido político se consiente, la del tránsfuga se condena. De modo que es natural que la interacción repetida a lo largo de varias contiendas electorales y tras múltiples procesos de selección de candidaturas, evolucione hacia reglas formales o informales que penalicen el transfuguismo.
Así las cosas, el nivel de transfuguismo observado en México podría evidenciar un sistema de partidos no consolidado, quizás propio de una democracia joven. El transfuguismo también podría ser evidencia de un proceso secular de fragmentación partidista en el que cada partido político nuevo necesita buscar nuevos cuadros, o bien, importarlos de sus rivales. Por último, la volatilidad de los resultados electorales futuros hace más demandados ciertos espacios partidistas y menos deseables otros: A pocos interesa una candidatura de un partido en declive o en una demarcación históricamente perdida.
Desde los años noventa a la fecha, el PRI ha exportado cuadros al PAN y al PRD. Desde 2015, Morena ha ido creciendo electoralmente conforme el PRD pierde fuerza. Muchos perredistas han migrado hacia Morena de entonces a la fecha. Pero conforme se acerca la elección presidencial y legislativa, es posible que Morena no cuente con cuadros suficientemente competitivos en todas las entidades y distritos del país. E incluso teniéndolos, el reclutamiento de cuadros de otros partidos puede ser una estrategia electoral de Morena para ganar nuevas simpatías.
Por otro lado, la coalición entre el PAN, PRD y Movimiento Ciudadano implica una reducción de facto en el número de candidaturas disponibles para los aspirantes panistas o perredistas. El resultado neto de ambos efectos es que a Morena le “sobran espacios” a repartir, mientras que al PAN quizá ahora le faltan.
Un factor adicional que hará particularmente atractivas las candidaturas legislativas federales este año es que, por primera vez en décadas, las diputaciones y senadurías elegidas en 2018 podrán buscar la reelección: las curules y escaños son mucho más valiosos ahora que antes. Lo mismo ocurrirá con un sinnúmero de legislaturas locales y presidencias municipales.
De modo que, mientras presenciamos el espectáculo de las precampañas presidenciales, es de esperarse un creciente número de migraciones entre partidos, así como procesos de selección de candidaturas particularmente conflictivos este año. A los ojos de una parte del electorado, este proceso puede producir efectos encontrados: Desencanto por el pragmatismo del partido receptor, quizás preocupación por la sangría del partido expulsor. Otra parte del electorado no se fijará en estos detalles. El saldo neto lo conoceremos al día siguiente de la jornada electoral.
