Fragmentación
Si bien cada resultado electoral es sujeto a diversas interpretaciones, sospecho que tendemos a sobrerreacionar ante las elecciones más recientes. En 2015, hubo quien dijo que el PRI había dado una ejemplar lección, tanto de buen desempeño como de estrategia electoral, ...
Si bien cada resultado electoral es sujeto a diversas interpretaciones, sospecho que tendemos a sobrerreacionar ante las elecciones más recientes. En 2015, hubo quien dijo que el PRI había dado una ejemplar lección, tanto de buen desempeño como de estrategia electoral, al retener la mayoría de la Cámara de Diputados. Otros más vieron a las candidaturas independientes como la solución mágica frente al hartazgo que producen nuestros partidos políticos. Otros más observamos que en ese año el PRI se había beneficiado de una inusual fragmentación del voto a diestra y siniestra: por un lado, PRD y Morena, y la pérdida de votos del PAN en Jalisco y Nuevo León por el otro.
En 2016, cuando el PRI perdió en siete de doce elecciones para gubernaturas, hubo quien se apresuró a afirmar que el PAN podría ser el indiscutible ganador en 2018 y que el PRI sería ineludiblemente derrotado. En este espacio apuntamos que, aunque el PAN había cosechado triunfos notables, también había perdido dos de las tres entidades que habían ganado seis años atrás (Oaxaca y Sinaloa). De hecho, en 2016 hubo alternancia en ocho de doce entidades.
Un año más tarde, cuando el PRI retuvo el poder en el Estado de México y Coahuila, para muchos cambió el diagnóstico: ahora el rival a vencer en 2018 sería el PRI. Es un interesante cambio de narrativa, por decir lo menos, cuando el PRI ha aparecido segundo o tercer lugar de preferencias en la mayoría de las encuestas serias a lo largo de este año. A mi modo de ver, el hecho de que el PRI sólo haya conseguido 33.56% de los votos en uno de sus otrora bastiones, como lo era hasta ahora el Estado de México, debería ser más una señal de preocupación que de optimismo para ese partido. Pero cada quien.
La fuerza electoral del PRI en elecciones estatales ha venido en declive desde 2012 a la fecha: por ello, ese partido gobierna ahora el menor número de entidades y municipios en su historia. Al mismo tiempo, también es cierto que las preferencias de voto se han ido fragmentando cada vez más y que esto puede beneficiar al PRI.
Si analizamos las elecciones para gubernatura en las que el ganador ha obtenido menos de 35 por ciento de votos, observamos que el PRI ha sido capaz de obtener triunfos en entidades como Oaxaca (32%), Tlaxcala (32.5%) y el Estado de México (33.5%) . En contraparte, la coalición PAN-PRD ganó en Veracruz con 34.4%. Los simpatizantes del PRI tienden a pensar que el resto del país puede comportarse como el Estado de México. Los simpatizantes del Frente PAN-PRD-MC tienden a pensar que el 2018 puede parecerse más a Veracruz. ¿Quién tendrá la razón?
Otra forma de medir la fragmentación del voto es considerar el “número efectivo de partidos o candidaturas” (NEP), una cifra que se calcula como función de los votos obtenidos por los principales partidos. Si analizamos las últimas 60 elecciones para gubernatura del país, el número efectivo de partidos promedio ha sido de 2.6. Pues bien, en las contiendas en que el número efectivo de candidaturas ha sido menor a 3, el PRI ha obtenido 22 triunfos y 24 derrotas. Y en las contiendas con NEP mayor a 3, ha obtenido 9 triunfos contra 5 derrotas.
La fragmentación del voto en años recientes ha tendido a beneficiar relativamente al PRI —y las coaliciones a perjudicarlo—. Sin embargo, esto no equivale a decir que la fragmentación siempre lo beneficiará. Ninguna elección estatal reciente permite pronosticar una elección presidencial de manera confiable: ni serán los mismos votantes ni serán los mismos candidatos. Por último, no todas las candidaturas que lleguen a la boleta serán candidaturas efectivas.
