¿Sin candidatos?
Los simpatizantes de los partidos de oposición suelen criticar al PRI por recurrir al dedazo para designar las candidaturas más importantes. Algo de disonancia cognitiva hay por allí, puesto que tanto en Morena como en el PRD y el PAN, las designaciones por dedazo no ...
Los simpatizantes de los partidos de oposición suelen criticar al PRI por recurrir al dedazo para designar las candidaturas más importantes. Algo de disonancia cognitiva hay por allí, puesto que tanto en Morena como en el PRD y el PAN, las designaciones por dedazo no han sido del todo inusuales.
Rumbo a 2018 es muy probable que tres de las principales candidaturas presidenciales se decidan por dedazo: Morena, PAN y PRI. Incluso, si el Frente entre el PAN-PRD-MC logra materializarse, es muy probable que la candidatura presidencial recaiga, previo acuerdo cupular entre las partes, en el presidente del partido más fuerte de esa coalición.
En agosto pasado discutí en este mismo espacio si el llamado dedazo podría considerarse una regla democrática. Argumenté que, si bien un dedazo no necesariamente implica una mala decisión, tampoco garantizaba una buena decisión. Y concluí que una regla de decisión unipersonal no podía ser democrática, porque el dedazo iluminado no existe.
¿Puede ser democrática una elección presidencial en la que los principales candidatos lleguen a la boleta por vías que no fueron del todo democráticas? Por un lado, una visión extrema diría que sí, puesto que los métodos de selección de candidaturas de cada partido son parte de su derecho de autodeterminación: cada quién su liturgia, pues (y si ésta no es democrática, pues que recurran al Tribunal).
Sin embargo, desde una visión un poco más amplia de una democracia constitucional, es probable que algo se pierda al recurrir exclusivamente a métodos de selección poco democráticos. Baste contrastar, por ejemplo, la calidad y resultados electorales de candidaturas designadas con diferentes procesos de selección, unos más democráticos que otros. Otro contraste relevante sería contrastar la calidad y/o legitimidad con que llegarán a la boleta los candidatos independientes, frente a otros candidatos ungidos por dedazo.
A manera de provocación, me atrevo a sugerir que en 2018 llegaremos a una elección presidencial sin candidaturas de suficiente calidad —sea lo que ello signifique—, y que este hecho está estrechamente relacionado con la ausencia de democracia interna en los partidos políticos. Veamos.
Sin restar méritos al hecho de que Andrés Manuel López Obrador lidere las encuestas recientes, cuando aún no se definen los nombres de sus rivales, es válido preguntarse si con reglas de selección democráticas hubiera sucedido que la misma persona obtuviera una candidatura presidencial tres veces consecutivas. Sin duda, es un candidato con gran potencial, pero también es cierto que llega más desgastado que en 2006. En 2012, nunca supimos si en verdad era mejor candidato que Marcelo Ebrard, y en 2018, la pregunta es ¿por qué los líderes de PRD y MC no coinciden ya en su idoneidad y prefirieron aliarse con el PAN?
En cuanto al PAN, nunca sabremos si Ricardo Anaya hubiera derrotado a Margarita Zavala o Moreno Valle en una elección interna. Quizá sí, pero hubiera sido muy informativo verificarlo. Tampoco sabemos si el haber ganado la presidencia de su partido basta para autoungirse como precandidato presidencial único o para negociar una coalición que así lo designe. Sospecho que no. En todo caso, nunca sabremos si en verdad Anaya es o será el mejor candidato presidencial que podía haber postulado el PAN.
En cuanto al PRI, la pregunta es muy similar. Sea quien fuere el candidato designado por la liturgia unipersonal de ese partido, nunca sabremos si el designado en verdad hubiera derrotado a sus rivales en una elección interna o si éstos hubieran hecho un mejor papel en la general. Los métodos y procesos de selección importan.
