Supervivencia partidista
Esta semana se llevará a cabo la XXII Asamblea Nacional del Partido Revolucionario Institucional. Entre los temas más importantes a tratar se encuentran los requisitos para quienes busquen una candidatura, con énfasis en la presidencial, así como los mecanismos de ...
Esta semana se llevará a cabo la XXII Asamblea Nacional del Partido Revolucionario Institucional. Entre los temas más importantes a tratar se encuentran los requisitos para quienes busquen una candidatura, con énfasis en la presidencial, así como los mecanismos de selección de ésta y otras candidaturas. Más allá de lo que ocurra este fin de semana, el caso del PRI puede resultar ilustrativo para comprender mejor la dinámica del sistema de partidos en México.
Si bien los partidos políticos han sido clave en la transición democrática de nuestro país, la vida interna de cada uno no está libre de dilemas y paradojas. Vayamos por partes. ¿Puede ocurrir una transición democrática con partidos no democráticos? Un argumento minimalista diría que sí, que basta contar con al menos dos contendientes serios para cualquier cargo de elección popular para tener elecciones competitivas —independientemente del modo en que tales candidaturas hayan sido elegidas, ya sea por designación directa, indirecta o algún mecanismo de elección primaria abierta—.
Un contra argumento posible es que, si bien contar con elecciones competitivas puede ser suficiente para detonar una transición democrática, difícilmente serán suficientes para garantizar una consolidación democrática. Un sistema de partidos en el que se deciden candidaturas por dedazo, difícilmente será capaz de identificar o elegir a los mejores cuadros. Y si los partidos políticos no postulan a las mejores candidatas(os), entonces en realidad quizá no están cumpliendo con su función de representar a la sociedad o articular la competencia electoral. Si los partidos no hacen bien su trabajo, lo natural es que el electorado recurra a opciones relativamente apartidistas.
Las cúpulas de los partidos políticos no toman decisiones en abstracto. En las últimas décadas, el PRI se ha visto obligado por las circunstancias —la incertidumbre implícita en una mayor competitividad electoral— a modificar su funcionamiento interno, las reglas para reclutar militantes, los mecanismos para seleccionar candidaturas e incluso la naturaleza misma de sus campañas electorales. Mi colega del CIDE, Joy Langston, experta en política comparada y sistemas de partidos, ha analizado a profundidad esta transición en su más reciente libro Democratization and Authoritarian Party Survival: Mexico’s PRI (Oxford University Press).
La designación del candidato presidencial Carlos Salinas de Gortari fue clave en la fractura del PRI que daría pie a la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, y el eventual nacimiento del PRD. Del mismo modo, puede decirse que los conflictos en la selección de candidaturas al interior del PRD llevaron, entre otros factores, al eventual surgimiento de Morena.
El PRI experimentó con una especie de elección interna en 1999, entre Francisco Labastida y Roberto Madrazo. El primero consiguió la candidatura presidencial y 36% de los votos en la elección general —cifra envidiable, vista aquí y ahora, y un porcentaje mayor al obtenido por Felipe Calderón en 2006—. Años más tarde, Madrazo conseguiría la candidatura presidencial, pero sólo lograría 22% de los votos, el peor resultado del PRI en una elección presidencial.
Hay quien da por sentado que, dado el desgaste y descrédito del gobierno en turno, el PRI perderá la próxima elección presidencial. Puede ser. Pero, incluso frente a tal escenario, la selección de candidaturas en ese partido no es trivial: malas decisiones pueden reducir la presencia del PRI en el congreso y gobiernos locales e inclusive ayudar a engrosar las filas en otros partidos como el PAN o Morena. Los partidos importan.
