Segunda vuelta

De un tiempo a esta parte, se ha estado discutiendo cada vez más la posibilidad de tener una nueva reforma electoral antes de la elección presidencial de 2018. Dentro del menú de opciones sobre la mesa, el tema de una posible segunda vuelta electoral también ha ido en ...

De un tiempo a esta parte, se ha estado discutiendo cada vez más la posibilidad de tener una nueva reforma electoral antes de la elección presidencial de 2018. Dentro del menú de opciones sobre la mesa, el tema de una posible segunda vuelta electoral también ha ido en aumento. Dejando de lado la factibilidad de una nueva reforma a estas alturas del sexenio —misma que considero poco probable—, vale la pena dedicar unas líneas a la segunda vuelta.

Para algunos, el problema de mantener la regla de mayoría vigente radica en que puede llegar al poder una candidatura con una mayoría relativa de muy pocos votos: “imaginen un Presidente con menos de 30% de votos”, advierten. Otra idea relacionada con la anterior es que cualquier Presidente que no cuente con una mayoría absoluta de votos podrá tener un triunfo legal, pero carecerá de legitimidad para poder ejercer su mandato: “un triunfo legal no implica legitimidad”.

Vayamos por partes. ¿Cuál es el problema de elegir un Presidente con una mayoría relativa de votos? En sentido estricto, ganar con 50, 40 o 35% de votos o bien hacerlo con un margen de victoria holgado o reñido no implica que ningún mandatario será mejor ni peor. Por otro lado, si existe una diferencia sustantiva entre “lo legal” y “lo legítimo”, ésta probablemente está más relacionada con deficiencias de la ley que con la identidad del ganador de una contienda electoral. En una democracia constitucional, uno esperaría que la legitimidad viniera de la mano de la legalidad.

¿Cuál es el problema entonces? Resulta que una de las debilidades más ampliamente estudiadas del uso de la regla de mayoría relativa para elegir un Presidente —o cualquier otro cargo unipersonal— es que ésta puede darle el triunfo a una candidatura que resulte muy indeseable para una mayoría absoluta del electorado. Esto no siempre pasa, pero puede ocurrir.

En la jerga de la ciencia política se dice que un ganador Condorcet es una alternativa política que derrota a cualquier rival en una votación de pares (en un careo, digamos). Por otro lado, se dice que un perdedor Condorcet es una alternativa política que es derrotada por cualquier rival en una votación de pares. Los ganadores o perdedores Condorcet no siempre figuran en una boleta electoral  —hay quienes ganan algún careo, pero pierden otro—, pero es un hecho que no podemos descartar que existan.

Imaginen un escenario hipotético en el que los votos de tres candidaturas —A, B y C— se dividen en 40, 35 y 25%, respectivamente. Además de ello, supongamos que para 50% del electorado la opción A es la peor alternativa posible: en votación de pares, B o C podrían derrotarla fácilmente. Pues bien, bajo  la regla de mayoría simple, es posible que la opción A gane la elección a pesar de ser un perdedor Condorcet.

La segunda vuelta resuelve este problema, y acaso pocos más: si un perdedor Condorcet llega a la segunda vuelta, perderá la elección. Por desgracia, la segunda vuelta no garantiza que un hipotético ganador Condorcet en efecto gane la elección general: de hecho, no hay forma de garantizar que éste llegue a la segunda vuelta. No se puede todo.

La regla de mayoría relativa simple induce fuertes incentivos para que los partidos construyan coaliciones: la típica coalición del partido en el poder frente a una coalición opositora. La regla de segunda vuelta induce lo contrario: se multiplica el número de candidaturas en la primera ronda con la esperanza de negociar apoyos en la segunda. La segunda vuelta es una póliza de seguro contra candidaturas muy indeseables. No es poca cosa.

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