Maldición olímpica
Cada cuatro años, los Juegos Olímpicos atraen el interés de muchísima gente en todo el planeta. Por lo tanto, son un buen pretexto para hablar de análisis costobeneficio o de estadística. Consideremos en primer lugar el bienestar del país o ciudad sede. ¿Cómo ...
Cada cuatro años, los Juegos Olímpicos atraen el interés de muchísima gente en todo el planeta. Por lo tanto, son un buen pretexto para hablar de análisis costo-beneficio o de estadística. Consideremos en primer lugar el bienestar del país o ciudad sede. ¿Cómo podemos evaluar el costo-beneficio de una Olimpiada? Según cifras oficiales, tanto Londres como Río de Janeiro invirtieron alrededor de 15 mil millones de dólares para organizar sus juegos. Ocho años atrás, China invirtió más del triple (49 mmd). Si consideramos estas cifras como proporción del Producto Interno Bruto de cada país, Brasil realizó un mucho mayor esfuerzo fiscal. ¿Habrá valido la pena?
En economía y finanzas existe un concepto llamado la “maldición del perdedor” (winner’s curse). Cuando muchos actores participan en una subasta, puede ocurrir que el ganador sea el más tonto de todos, por así decirlo: ya sea porque pagó mucho más de lo que en realidad valía lo comprado, o bien porque el proyecto acabe teniendo menores rendimientos de los originalmente esperados. Muchos grandes proyectos de infraestructura pública —como los implicados en unos Juegos Olímpicos— quizás entren en esta categoría. Después de todo, ¿qué tan rentable puede ser construir instalaciones que sólo serán utilizadas dos semanas? Por desgracia, si organizar una Olimpiada es un mal negocio, las consecuencias no las pagan los políticos que decidieron la apuesta, sino los contribuyentes.
Pasemos ahora a un tema menos desolador: las medallas. A pesar de que cada competencia es estrictamente entre atletas, resulta casi imposible no ver a las Olimpiadas con lentes nacionalistas, regionales o incluso ideológicos. ¿De qué depende que un país gane muchas o pocas medallas? Según algunos análisis estadísticos, bastan tres variables para estimar con sorprendente precisión el número de medallas que recibirá un país: el ingreso per cápita, el tamaño de la población y ser país sede. En general, los países más grandes tienen mayores posibilidades de producir atletas excepcionalmente talentosos. Sin embargo, esto no siempre basta porque los deportes también requieren cierta infraestructura física, misma que es más fácil de encontrar en los países más ricos.
En términos per cápita, dos de los países más exitosos en los Juegos de Londres 2012 fueron Jamaica y Nueva Zelanda, con 12 y 13 medallas, respectivamente, y una población de 2.7 y 4.4 millones de habitantes cada uno. En contraste, las siete medallas de México en 2012 equivalen a una medalla por cada 16 millones de habitantes.
Los países sede, por otro lado, destinan cuantiosos recursos años antes de organizar una Olimpiada para no hacer un mal papel: cuando lo hacen bien, estos rendimientos pueden observarse en el año en que son sede e incluso cuatro años después. Gran Bretaña pasó de obtener 47 medallas en 2008 a 65 en 2012 en que fue sede.
Pronosticar las disciplinas específicas en las que un país cosechará medallas es un tanto cuanto más difícil. En este respecto, ciertos países parecen explotar ciertas ventajas comparativas. Bulgaria por ejemplo, ha obtenido más de la mitad de sus medallas en tres disciplinas solamente: levantamiento de pesas, lucha y tiro. Jamaica y Kenia, por su parte, se especializan en atletismo de velocidad y largas distancias, respectivamente. Estos tres países han conseguido más medallas de las que uno esperaría dada su población o riqueza. México históricamente ha obtenido menos medallas de las que uno esperaría dada nuestra población, riqueza per cápita o lo que gastan los gobiernos en canchas deportivas: ¿habría que despedir a alguien?
